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Mostrando entradas de enero, 2020

"Upstate" de James Wood

James Wood es un crítico literario de enorme prestigio. Los críticos literarios suelen esconder dentro de sí a un escritor frustrado o a un escritor en ciernes. No es para menos. El contacto diario con los libros es un modo de vida. Una manera de relacionarse con el mundo, con la realidad, con los sueños. Eso da lugar a una filosofía que tiene su santo y seña en la palabra, en la comunicación.  James Wood escribió una primera novela y ahora presenta esta, publicada por Alba Editorial y que es una historia sobre la familia. La familia es un núcleo social que está en declive y precisamente por eso resulta tan llamativa la elección del tema y la forma de desarrollarlo. El protagonista es Alan Querry, un hombre de sesenta y ocho años que vive en Inglaterra y que tiene dos hijas. Una de ellas se ha marchado a trabajar a Estados Unidos sin que ni su padre ni su hermana hayan ido nunca a verla. Esta es una de esas familias que se quieren pero que no lo demuestran. Una de esas familias

Una nueva sentimentalidad

Una nueva sentimentalidad emerge en las obras de Jane Austen. Y es tan moderno lo que hace, tan nuevo y distinto, que yo no diría que hoy la hemos superado. Quizá se han añadido pasajes de momentos eróticos, sin mucha suerte desde luego. Pero el sentimiento, el verdadero sentimiento, ese continúa incólume, grabado perfectamente en las palabras de sus libros. Ah, Jane, qué poco pensaba que sería una maestra en el arte de entenderse y entendernos.  La declaración de amor que hace el señor Knitghley a Emma es un modelo: No soy hombre de muchas palabras, Emma-continuó enseguida con una ternura tan espontánea y comprensible que lo hacía bastante convincente- Si te amara menos, sería capaz de hablar más de ello. Pero sabes cómo soy. De mí no escucharás más que verdades. Te he hecho reproches y te he reprendido y lo has soportado como ninguna otra mujer en toda Inglaterra lo hubiera hecho. Soporta todas las verdades que ahora te voy a decir, mi queridísima Emma, tan bien como soporta

Matemáticas y Literatura Infantil (2)

A la hora de referirnos a las matemáticas como materia de conocimiento, hay que considerar que estas se vuelven tangibles cuando pueden ser expresadas o comunicadas mediante representaciones externas, en forma hablada, mediante símbolos escritos, dibujos u objetos concretos.  Una de las dificultades más evidentes de la ciencia matemática es la que se refiere a la abstracción.  Piaget ha explicado que los niños de dos-tres a seis-siete años poseen un tipo de pensamiento, llamado preconceptual, o preoperacional en el que dominan el juego simbólico y la imitación diferida. Su principal herramienta es la percepción y aún no son capaces de establecer generalizaciones.  La función simbólica o representativa permite al niño actuar sobre la realidad sin que sea necesario tener los objetos delante. Aquí juegan un papel fundamental el lenguaje y la imitación. Su pensamiento se caracteriza por el egocentrismo, el sincretismo, la centralización, la irreversibilidad y la causalidad.

Matemáticas y Literatura infantil (1)

La frase: “No se me dan bien las matemáticas” es un lugar común entre los estudiantes, de ahora y de siempre. Otra frase: “No entiendo las matemáticas, hago las operaciones pero no sé qué significan”. Y otra más: “No valgo para las matemáticas, lo mío son las letras”.  Comentarios normales, oídos desde hace años en el entorno escolar y en el de la vida cotidiana. Las matemáticas vistas como una ciencia oculta, que requiere determinadas habilidades cognitivas que, por lo visto, no todos tenemos.  Las matemáticas como un conocimiento difícilmente accesible, como un complejísimo mundo al que solamente pueden acceder los privilegiados que han sido dotados por la naturaleza de un pensamiento especial. Los matemáticos como secta del saber.  Al mismo tiempo que se considera tradicionalmente a las matemáticas como una asignatura de tipo instrumental, fundamental para la formación de los estudiantes, junto con la Lengua, aparece la idea de que se trata de un conjunto de concepto

Edith Wharton: Las mujeres no son lo que parecen

Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está “La edad de la inocencia”. Están “La solterona”, “Santuario”, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, “La soñada aventura”, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994.  Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería con

"Ninguno de nosotros volverá" de Charlotte Delbo

La literatura de resistencia, aquella que se escribe después de un acontecimiento traumático que puso en peligro la vida y la peripecia vital, tiene momentos cumbre. El Holocausto ha generado un gran número de libros en este sentido. Los supervivientes de los campos de concentración nazis han encontrado así un modo de hacer que la memoria perviva y que su propio organismo se sacuda el horror, al menos de alguna manera. Este libro de Charlotte Delbo se publica coincidiendo con el 75 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Austchwitz, uno de los lugares del horror que, a pesar del paso del tiempo, no deja de estremecernos y de hacernos pensar cómo es posible que haya seres humanos que llegaron a ese grado de degradación moral. Toda la historia de la humanidad está llena de momentos difíciles, de gestas heroicas y de luchas, pero el genocidio nazi y todo lo que llevó consigo la política de la solución final es, probablemente, lo que produce más horror.  Resulta com

"La vida sin maquillaje" de Marisé Conde

"La vida sin maquillaje" es el relato autobiográfico de la juventud de la autora. En ese recorrido vital hay sitio para Europa y para Africa, en un salto mortal que pone de manifiesto las diferencias y semejanzas entre unos lugares y otros. Se trata de una novela de aprendizaje y crecimiento, en la que las dificultades se ven compensadas con la voluntad de ser y de sobrevivir de la protagonista. Los avatares de su existencia, desde los años de París hasta su recorrido por diversos países de África, la ponen en contacto con tipos humanos que le aportan cosas diferentes y con los que ella establece la normal interacción de la juventud y la búsqueda de la identidad. Maternidad, orfandad, amor, desamor, ideologías, deseos inquietudes, todo ello se plasma en esta autobiografía novelada.  Son los años sesenta del siglo XX, años que marcaron la evolución en el pensamiento de mucha juventud que luego tendría que reflexionar acerca de las verdades y las imposturas de la época

"El puente de Alexander" de Willa Cather

Esta fue la primera novela que escribió Willa Cather y, por eso mismo, ella sentía que se notaba demasiado la influencia de sus dos maestros, Henry James y Edith Wharton. Una maestría que, pese a no pasar desapercibida, es beneficiosa para el libro, sobre todo para un primer libro. No es poca cosa. En "El puente de Alexander" se narra el reencuentro entre dos personas que estaban condenadas a entenderse y que la vida separó en un momento dado. Los protagonistas, un hombre y una mujer de mediana edad, han tenido en común una juventud apasionada y el paso del tiempo no ha logrado borrar la esperanza de que ese tiempo perdure de alguna manera.  Bartley e Hilda se vuelven a encontrar cuando la vida de ambos ha tenido un desarrollo importante, cuando han conseguido muchos de sus objetivos y llevan una vida plácida. Pero a veces se dejan asignaturas sin resolver, sentimientos anclados en un momento anterior que no logran salir hasta determinado instante, cuando se produce u

Jardines de Hampshire

Aunque suele situársela como una de las ciudades austenianas es bien cierto que a Jane Austen no le gustaba Bath. Ella había nacido en Steventon, en el condado de Hamsphire, cerca de Basingstoke. Su padre fue un sacerdote anglicano y rigió la parroquia de Steventon por espacio de cuarenta años. Cuando cumplió los setenta se retiró y decidió irse a vivir a Bath. No es este el lugar adecuado para comentar los motivos de esa decisión pero sí la influencia que tuvo en el ánimo de Jane. Literalmente se desmayó al enterarse de la noticia. Su padre solamente logró vivir cuatro años más. Los años de Bath (1801-1806) trajeron consigo una cierta sequía literaria y, probablemente, más amargura que alegría. Como dice Juani Guerra en el estudio introductorio de la edición de Cátedra “existen las fuentes suficientes hoy como para saber que en los años que pasó allí, algo importante se rompió dentro de ella”. Y, continúa, “en Emma, Bath aparece sutilmente despreciado con un gusto narrativo exqui

Nombres propios

(Ilustración de Alan Hebel e Ian Shimkoviak) La importancia que tiene en Jane Austen la elección de los nombres propios de sus personajes ha sido ya someramente señalada en algunos comentarios sobre su obra. Como en tantas otras cosas, Austen se separó de la costumbre que existía en la literatura de su época y que consistía en dar a los protagonistas nombres absolutamente llamativos y poco usuales, para usar otros sencillos, comunes y populares. Catherine, Anne, Elizabeth, por ejemplo, que eran los nombres que más se repetían en las niñas de la época Regencia, aparecen en tres de las protagonistas de sus obras y también están otros como Mary, Jane o, en los hombres, Charles, Thomas o John. El uso de los nombres propios no es baladí en su caso. Se trata de ser natural, de acercarse a la vida cotidiana de la gente de la clase media rural que retrata en sus obras. Y, sobre todo, de alejarse de esos nombres cursis y romanticones que estaban de moda antes de ella y que aparecen

Elogio del mérito

La luz de Sevilla entra por todos y cada uno de los patios del gran edificio que albergó una industria de leyenda y que hoy es buque insignia de la Universidad. Un gran barco del saber en el corazón de una ciudad esculpida en los siglos de la historia. Es el espacio privilegiado en el que todavía pueden oírse, si prestas la atención suficiente, el eco de los viejos maestros. Apagado el calor insoportable de los hornos, despejado el polvillo arenoso del tabaco en rama, lejos las mujeres de rompe y rasga con sus niños de pecho agarrados a la cintura, el edificio pervive sumido en la serena contemplación filosófica del paso del tiempo. Pero las voces siguen, no desaparecen, reposan en sus muros y reviven si eres capaz de atenderlas. Tantos años aflorando vocaciones, despertando talentos, azuzando el destello del saber...Tantos años, desde aquel pasado en el que la actividad más puntera de la ciudad precisaba nuevo acomodo y lo halló justamente en este lugar, entonces virgen y ahora c

Los hombres que amamos

Ella y yo coincidíamos en dos cosas fundamentales. El cine y los libros. El lenguaje del cine creó un lugar común, un paraíso compartido en el que las confidencias eran posibles. La diferencia de edad no suponía gran cosa, porque cuando nací ella era muy joven, pero sí lo suficiente como para no entendernos en algunos aspectos. La vida va cambiando las ideas y los hijos y los padres se separan, como meandros de un río común que se desgaja sin quererlo. Pero el cine, y también los libros, eran la causa en la que estábamos a medias. El gusto por el cine es una herencia imposible de renunciar. Los nombres de los actores y las actrices, el recuerdo de las sesiones de cine en la infancia, las risas a cuenta de tal o cual película, los llantos en otras, todo eso tiene un sabor único que nunca se pierde.  Él era uno de esos reyes que se aposentaban en la salita para compartir las horas de la sobremesa o los cinefórum improvisados. A ella le gustaban los hombres guapos y, como esta

El hogar perdido

(Henry Sutton Palmer. A cottage garden) Solo quien ha perdido la casa de su infancia puede entender el sentimiento de Anne Elliot al tener que dejar Kellynch Hall. Y no se trata de comodidades, de lujos o de posesiones. No. Es algo más íntimo y más duradero. Es la pérdida del tiempo vivido, de los recuerdos asociados, de las personas que han compartido esos espacios. Un sentimiento que está en relación con el que siente Jane Austen al dejar Steventon. Sin consultar con nadie, George Austen, el padre, decidió al jubilarse de su puesto como pastor (dejaría el beneficio eclesiástico a uno de sus hijos), que la familia se marcharía a vivir a Bath. En ese momento solo quedan en casa, además de los padres, las dos hijas: Cassandra y Jane. Ninguna fue consultada al respecto. Algo probablemente usual en esos años. El caso es que para Jane al menos la noticia fue demoledora. Tuvo que dejar atrás su entorno más querido y también sus muebles y enseres, que fueron vendidos, porque no era