Lo que nos falta


(Foto: Nina Leen. 1913-1995)

Apenas lo decimos en voz alta. Si lo hiciéramos, se rompería el ruidoso dique las lágrimas y estas navegarían incontenibles, saltando de ola en ola, de cerezo en cerezo. Todos los árboles de ese jardín que fue se llenarían de pequeñas estrellas, cada lágrima un sol, cada gota una luna en el rocío. Por eso no lo hablamos, por eso no lo decimos en voz alta, porque estallaría el mundo y todo se volvería amanecer inquieto, lluvia firme. 

No lo decimos pero está al fondo de todo. Las manos que se mueven y no encuentran. El tiempo que buscamos y no termina de llenarse. Los paisajes que nunca visitamos. Los viajes que no hicimos. Las risas que perdimos. El aire que se vicia al contener su ausencia. Su nombre y apellidos colocado en una urna, con las letras mayúsculas y los tonos oscuros. Es todo lo que vimos después del precipicio. No está. No volverá a sentarse entre nosotros. No volveremos a tener su aliento. No volverá a decirnos que las cosas son fáciles. No volveremos a ser, solo seremos, a medias, sin tener vocación de sentir. 

Se fue y no dijo adiós. Es ese adiós no dicho el que nos mancha, el que susurra su eco entre nosotros, el que nos agacha y nos conmueve, el que nos devuelve la ira y la soberbia. Somos seres anclados en unos horizontes clandestinos que nunca van a ser lo que debían. Ninguna luz será lo suficiente para alumbrar el hueco que ha dejado. Ahora los dos, ateridos, cansados, nublados nuestros ojos con el agua salada de las lágrimas, no sabemos querer sino queriéndolo. 

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