"Casa de muñecas" de Henrik Ibsen


Diré algo que mucha gente no entenderá: me gusta leer el teatro pero no me gusta verlo representado. No me creo lo que pasa en el escenario pero sí lo que leo en el papel. En cambio, el cine es el lenguaje que más fácilmente me hace conectar con una historia y, en los malos tiempos, el antídoto y la medicina. Creo en el cine pero no en el teatro. Una aberración. No sé qué hubiera pasado de poder contemplar en The Globe Theatre la obra de Shakespeare interpretada por él mismo. 

"Casa de muñecas" es una obra espléndida, inquietante, que leí demasiado pronto y que demasiado pronto me hizo revolverme contra determinados egoísmos matrimoniales. Recuerdo que alguien me regaló un tomo con las obras de Ibsen y que leí esta con la facilidad con la que se transita por un terreno hermosamente abonado. El personaje de Nora es uno de esos que siempre recuerdas y que te inspiran cosas y casos. En mi calle de la infancia había alguna Nora reconocible y otras que estaban ocultas en Dios sabe qué oscuridades. Eso mismo pasa con otras mujeres literarias, con Emma Bovary o con Anna Karenina o con la misma Ana Ozores. Sin embargo, Nora Helmer me pareció siempre más real que las otras, aunque fuera de latitudes lejanas y frías. 

La historia del chantaje y de la desconfianza se termina convirtiendo en la crónica de una traición. Una traición del marido a la esposa hecha de la forma más equívoca, esto es, usando estrategias emocionales que derrumban a cualquiera. Esa reacción de Nora, que termina por romper los lazos que la unían después de darse cuenta de la mentira, es la de una mariposa cuyas alas estaban rotas y se recomponen a fuerza de intentarlo. Me recuerda mucho el personaje principal de "Washington Square", la maravillosa novela de Henry James que llegó al cine como "La heredera", esa muchacha fea que primero está dominada por su padre y luego por su pretendiente. Nora desata los lazos y en esa acción hay una actitud ineludible de libertad y de dignidad. La primera, la libertad, está siempre de moda, pero la segunda, la dignidad, se queda antigua cada cierto tiempo, como si fuera una rémora o una atadura del pasado. Pero no se entienden la una sin la otra y a su vez se complementan. 

Comentarios

javier alvarez veloso ha dicho que…
lo tuyo con el teatro es vértigo de la tercera dimensión, la lectura y el cine son planas, sólo hay dos dimensiones y no te dan vértigo porque las dominas