Retrato de madre con libro al fondo


(Fotografía de Frances McLaughlin-Gill)

La madre tenía siempre un libro en la mano y una película en la cabeza. Las dos aficiones, lectura y cine, las llevaba tan dentro que hubiera querido ser Lady Rowena o Scarlet O`Hara. A veces lloraba con los melodramas, pero disimuladamente. Y otras veces, se enzarzaba en una discusión sobre el final de un libro que no le parecía apropiado. Sus libros llevaban su nombre en la primera página, el día en que empezó a leerlo y, al final, un pequeño comentario. Unas pocas frases lograban resumir todos los pensamientos que acudían en tropel cuando leía. Su imaginación era desbordante. Podía inventar vestidos, muñecas e historias para contar en las noches de tormenta. No tenía miedo a nada.

Se sabía de memoria los argumentos de las películas como si ella hubiera sido la guionista. Y conocía a los actores y actrices, a los directores, y también los cotilleos del rodaje: tal o cual enamoramiento, tal o cual rencilla. Los libros le permitían tener un rato de sosiego íntimo en el fragor de la batalla diaria. La casa nunca descansaba pero ella intentaba escaparse por unos minutos a ese lugar en el que los sentimientos florecen sin disimulo. Así pudo suplir la falta de abrazos y los besos perdidos. Era hermosa pero no lo sabía. Era alta y su cabello oscuro parecía brillar con la luna. Los ojos eran como la avellana madura. Pero no lo sabía. Y nadie se lo dijo. Por eso, quizá, vivía en una perpetua búsqueda de un lugar donde sentirse libre y, a la vez, admirada. Un espacio en el que su nombre no tuviera que ocultarse tras ninguna cortina hecha a retazos de minutos perdidos. 

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