La señora Dalloway y yo misma


(Foto: Nina Leen)

"La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores. Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y luego !qué mañana! pensó Clarissa Dalloway: tan fresca como para regalarla a los niños en una playa. ¡Qué placer! ¡Qué zambullida! "

El despertar de Clarissa Dalloway es una buena nueva. Antes de saltar de la cama ya tiene en la cabeza algunos encargos, algunos detalles, todos ellos para la fiesta que tiene previsto celebrar. Las reuniones son para Clarissa la columbra vertebral de su vida, aunque a veces nota cierto cansancio. Puede haber visitas inesperadas que sean complicadas de manejar y a ella le gusta tenerlo todo controlado. Incluso lo que otros puedan pensar o decir. Incluso lo que otros puedan sentir. Pero, antes de eso, puede echar un vistazo al día, a su horizonte, y sentirse satisfecha. Salir a la calle en busca de los adornos que van a complementar su precioso salón o su terraza es una forma de afirmarse en ella misma y de entenderse, a pesar de todo. 

Así que este es otro día. El día amanece sin disculpas. Hay un cielo azul estallante que no recuerda en nada a la tormenta de los días pasados. Parecería que ha logrado arrastrarlo todo y convertir el verano en otra cosa. No hay nubes, todas se han desplazado sobre el mar y ahora la ciudad aparece como si acabara de lavarse la cara. El sol tiene cierta timidez, no quiere avasallarnos, nos da una tregua, porque sabe que, en cualquier momento, su presencia nos va a condicionar y a convertirnos en seres sin elegancia, que transitan despacio, debajo de los soportales. 

"Había multitud de flores: espuelas de caballero, guisantes de olor, ramilletes de lilas, y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios..."

Había rosas, desde luego. Eran pequeñas y de tallo corto. Rosadas y también amarillas, formando un contraste inusual. Las rodeaban pequeños copos de azahar, como si hubieran caído en una nevada imprevista. El azahar era el verdadero protagonista del día. Todo se organizaba en función del azar, de su significado, de su presencia allí. También era rosa, como las rosas, mi vestido, que llevaba una gran lazada verde, al estilo de los trajes de los años veinte. Ambos, el vestido y el lazo, eran de piel de ángel. Tenía forma de túnica y se rizaba en los hombros, dejando al descubierto los brazos, unos brazos preciosos, dorados, firmes, tersos, de veinteañera esperanzada. 

"Era entre las seis y las siete cuando todas las flores-las rosas, los claveles, los lirios, las lilas-resplandecían; blancas, violetas, rojas, naranja intenso..."

Los lirios eran de tallo largo, azules pero no demasiado, casi violetas pero sin llegar a serlo. Llevaban un lazo gris que colgaba hasta el suelo, llegando al borde del vestido en un tono celeste mar antiguo, como si fuera una estampa inglesa. En esta ocasión, la boda era al lado de la playa y se notaba el son del mar, las olas que rompían y también la ausencia. Era una boda ausente, hecha por amor al que se había marchado. Un chal de tonos azules y grises me envolvía y el viento hacía que se moviera sin recato. Era una especie de levante luchando contra el sur, una pelea desigual que siempre acaba ganando el viento del este. 

"Como una monja que vuelve a su retiro o como un niño que explora una torre, subió las escaleras, se detuvo junto a la ventana y entró en el baño. Allí estaba el linóleo verde y un grifo goteando. Un vacío en el corazón de la vida"

El sol se ha detenido en la terraza, no tiene permiso para adentrarse en la casa, no ahora, en el verano, cuando está seguro de que nunca sería bien recibido. Es el sol el único que se asoma y que se retira, que se marcha, sin querer molestar el silencio  que solo se interrumpe por el goteo de las manos sobre el ordenador. Apenas un ruido leve. El corazón siente el vacío de todas las ausencias. Como si la vida pasara de largo o se detuviera solo el tiempo justo, el tiempo preciso para hacerse notar. Espectadora de tiempos que nada significan, sabiendo cierto que, detrás de estas horas, el resto de las horas tienen la misma mansedumbre vacía. 

(Textos entrecomillados de "La señora Dalloway" de Virginia Wolf)

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