Conversaciones


Éramos un montón de chicas y siempre había algo de lo que hablar. No solamente de vestidos, zapatos, adornos para el pelo o rebajas. También manteníamos sesudas charlas sobre el futuro, los amores contrariados, los pensamientos lúgubres y nuestras madres. Todas teníamos madres con mucha personalidad, de esas que nunca se callan si llega el momento, de las que te dicen a la cara lo que piensan de esa ropa que te has puesto: "No entiendo cómo piensas salir así a la calle". O reparan en el maquillaje que llevas: "¿De verdad te ves guapa con ese aspecto de actriz en alfombra roja?". Así eran nuestras madres. Veloces a la hora de reñir, perspicaces para adivinar que esa falda antes no era "tan corta". Dispuestas a saltarse las normas si era preciso para lograr enterarse de nuestras conversaciones. Animosas en los momentos más difíciles. 

La única forma que teníamos de entendernos a nosotras mismas en ese tiempo tan difícil de la adolescencia era la charla. Conversamos a todas horas. Los días de colegio había que esperar a tener un hueco en la agenda. Por eso la época triunfal era el verano. Ahí no nos detenía nada. Las palabras sonaban con su runrún continuo, de una casa a otra, de una acera a la de enfrente, por las azoteas y en la esquina de la calle, en ese lugar en el que había un par de bancos de hierro enfrentados y que tomamos como nuestro. Era el territorio de las confidencias y nadie iba a echarnos de allí.


Lo mejor eran las noches, a la luz de una luna que nunca se mostraba remisa a escucharnos y sin que hubiera oídos de mayores que nos pudieran detener en nuestras pesquisas. Indagábamos acerca de casi todo y no había acontecimiento que no supiéramos descifrar. Detectives en busca de respuestas, filósofas avezadas, cotillas irremediables, todo eso éramos. Nunca había prisa por acostarse y siempre quedaba un misterio por aclarar que amanecía con nosotras a la mañana siguiente. Nuestra calle era un lugar lleno de aventura, de historias que exigían un comienzo, un planteamiento, un final. Era un espacio único, soleado, enorme y cubierto de ese tono húmedo de las islas, ese aire callado del mar cuando está en silencio, esa espesa sinceridad de los abrazos.


Celina y yo vivíamos tan cerca que era posible hablarnos a través de las ventanas. Nos sentábamos mientras compartíamos la última de nuestras desventuras. Todos nuestros amores eran fallidos. A los chicos del club les parecíamos unas niñas y se fijaban sobre todo en las más mayores, las que iban ya con tacones y unos escotes importantes. Nosotras teníamos demasiadas ganas de crecer pero esto hacía que el tiempo pasara mucho más despacio, así que todo se nos iba en quejarnos, aunque de manera elegante. No éramos románticas, sino guerreras. No nos gustaba sufrir en silencio, sino ejercitar el arte de intercambiar poemas, de prestarnos la ropa para tener así la excusa de hablar y, sobre todo, de explicar con todas las palabras del mundo lo que sentíamos por este o por aquel.


Las mañanas del verano tenían sus momentos de playa. Nos tumbábamos al sol, antes de lavarnos el pelo con cerveza para que brillara más, y sentíamos los rayos que nos iban a convertir en unos rosados melocotones o en unas morenas con aire caribeño. La playa era también paseos, risas, bocadillos, toallas confundidas, cremas pegajosas y arena que se levantaba sin permiso cuando comenzaba a soplar el levante. Algunas veces llovía en la playa y salíamos corriendo para cubrirnos con las toallas y, allí debajo de la sombrilla, seguía la conversación sin pausa. Nuestros corazones necesitaban abrirse y las frases se construían solas. Todas nos quitábamos las palabras de la boca y todas queríamos tener la ocurrencia más exacta para que el desamor, la pasión o las dudas, se hicieran más llevaderas.

Celina, Jimena, Lucy, Estrella, Ana Gema, Lola, Bea, Luz María y Carmen Rocío. Todas tenían la misma forma de prestar su atención a aquello que nos hacía infelices. Todas escribían palabras de consuelo en postales que se abrían dentro de sobres encarnados. Todas lloraban a la vez si alguna perdía algo irremplazable. Y guardaban, no sé donde, la misma esperanza de que, pasado el tiempo, cada una de nosotras tuviera cerca a alguien que escuchara sin cansarse la música de fondo de esa tristeza de cada día.


(Fotos: Nina Leen)

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