Amanecer con muchacha al fondo


Tuve un vestidito de rayas verdes y blancas, con un cuello camisero y una lazada en la cintura. El vestido lo había cosido mi madre que, además de lectora y cinéfila, tenía otras habilidades: era una cocinera cordón bleu y una modista de primera. Como yo era su única clienta tenía la prerrogativa de diseñar los vestidos y ahí me pasaba horas y horas, con un cuaderno de hojas blancas, trazando líneas, añadiendo detalles y pintando colores. Eran unos días pacíficos y llenos de momentos vacíos. Esos extraordinarios momentos vacíos, con la cabeza en las nubes, que solo los niños pueden tener. Cuando creces empiezas a querer llenarlo todo y, conforme la vida sigue su camino imparable, te angustias de pensar que estás perdiendo el tiempo. Solo en la infancia sientes que todo está a tu servicio, que la vida es inagotable y que todas las horas se estiran hasta convertirse en largas y espesas, indestructibles. 

Genevieve Naylor ha fotografiado a la muchacha de una forma incongruente. Los zapatos rojos de tacón bajo, unas bailarinas, se colocan como si estuviera a punto de trenzar un paso de baile. Los zapatos rojos son siempre un lujo. Siempre que he usado zapatos rojos he conocido algo nuevo y vivido alguna genial aventura. Una de las cosas que trae la desesperanza es dejar de usar el rojo en los zapatos. Lo sustituyes pobremente por el beige, que pega con todo; con el negro, que es tan socorrido; con el gris, que es discreto y sirve para cualquier ocasión. Esa renuncia al zapato rojo es tan cruel que no debería hacerse nunca salvo por una fuerza mayor e imparable. O si lo sustituyes por violeta. Mis zapatos violeta de tacón fino hicieron furor en algún tiempo. En otro tiempo. 

El vestido y los zapatos de la muchacha de Genevieve apenas concuerdan con la cesta de frutas y verduras. No es una Clarissa Dalloway ordenando las flores en su salón, a la espera de alguna visita incongruente que haga saltar las alarmas en su vida familiar o en su pasado. Las manos enguantadas que sostienen la cesta recuerdan a las muchachas de los años cuarenta y su delicada pulcritud. Precisamente en esos años realizó Genevieve Naylor sus preciosas fotografías en las que hay gestos cotidianos hechos con una especial cualidad de resistencia y amabilidad. La mirada de la muchacha se desvía a un objetivo que no vemos, que está fuera de nuestro campo de visión. No habla con nosotros ni sabe de nuestra presencia pero hay alguien ahí, alguien que la hace volver los ojos y mantener esa leve sonrisa a medias entre la ternura y la insinuación. 

El resto de la fotografía es tan indeciso como esa mirada. La puerta acristalada no parece obedecer a ninguna intención salvo señalar la diferencia entre interior y exterior. Y el paisaje apenas puede llamarse así: indefinido, desolado, casi arrasado, mezcla de asfalto, de campo yermo y de soledad. Si no fuera porque la foto se hizo en Estados Unidos podría aparecer al fondo un recortado horizonte de salinas, una huella firme y clara de los que trabajaron la sal durante años, de sol a sol, todos los días del año. Y eso sería otra incongruencia más con el estilo perfecto de la muchacha que mira de soslayo. Nunca las salinas produjeron flores. 

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