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Yo tenía un jardín


(Jardines de Joan Cardona y Lladós)

Yo tenía un jardín. Había tres grandes espacios, diferentes pero todos ellos ágiles, brillantes, conmovedores. En una zona estaba el huerto aromático. Lavanda, aloe vera, mirto, hierbabuena, todas las plantas lanzando su olor en torno a la ventana de la cocina, junto a un espacio con pequeñas piedras, luchando a veces con los rosales para repartirse la tierra y con las poinsetias que no acababan su trabajo en navidades. Entrabas en la casa y te asaltaban miles de olores y te seguían hasta el vestíbulo y se expandían sin dudarlo por todo el terreno. A veces tenía un aspecto salvaje, porque el mirto se enredaba y crecía, porque el aloe se ponía en plan amenazador y porque las rosas requieren mucho respiro para poder vivir al exterior. Eran rosas rojas, rosas rosas, rosas amarillas. Bordeaban el camino de entrada, acompañaban la visión de la casa desde el principio. 


(Jardines de Joaquín Sorolla y Bastida)

La otra zona del jardín estaba formada por enormes macetones que contenían árboles frondosos, como si fuera una pequeña selva entrelazada, hojas verdes y colgantes, pequeñas motas de flores blancas que se esparcían por el aire cuando hacía viento. Algunas de esas macetas resistían las inclemencias del tiempo como si se empeñaban en persistir, como si no quisieran darse por encima. Los tiestos eran de barro cocido y cambiaban su color cuando el agua les llegaba. Se doblaban hacia el suelo o hacia lo alto, ocupaban demasiado sitio porque no respetaban el espacio ajeno, tenían una especie de persistencia en la lucha. Eran pertinaces. 


(Jardines de Claude Monet)

Por fin, una tercera parte de ese jardín eran macetas en cacharros de colores. Algunos de cerámica con dibujos alegres. Azules, violetas, rojos, maceteros alargados, redondos, profundos, llanos. Todas estaban colocadas en artilugios de hierro, colgadas en las ventanas o suspendidas en la pared. Las flores volaban en distintas direcciones. Había un poco de todo, flores de temporada, flores perennes, algunas duraderas, otras muy efímeras. El color las distinguía. Se hacía alrededor de la casa un perímetro de color a partir de ellas y estaban en los porches, junto a la piscina, en el camino a las puertas, a modo de cinta luminosa. 


(Jardines de Javier de Winthuysen)

Cuidar el jardín era un acto de amor. Había que regarlo diariamente cuando el sol caía y ya solamente el atardecer contribuía a conservar su frescor. Había que quitar las malas hierbas, retirar las hojas secas, cuidar de que los bichos no asaltaran el verdor de las ramas. Había que mover cuidadosamente las macetas para que los rayos de sol no hicieran sobre ellas un efecto negativo. Había que pensar muy bien en la invernada, en cómo conservarlo en invierno, con la lluvia, el frío, el viento o las tormentas. Cuidar el jardín era un verdadero acto de amor. Y a veces el amor no está presente. Se congela. Las manos se vuelven inhóspitas y no hay forma de volverlas a la vida. Desde hace tiempo el jardín languidece. El huerto aromático ha desaparecido y, en su lugar, he colocado un práctico suelo de piedrecitas blancas. Los grandes macetones son cada vez más escasos, terminan cansándose de la soledad y de la desidia. Las macetas pequeñas apenas existen, han sido las más vulnerables, como si fueran almas sencillas que no tienen donde mirarse. El jardín ha ido languideciendo y me pregunto si no será el momento de que reverdezca. Quizá está ahí, en esas plantas, en las nuevas plantas que las manos puedan poner en pie, el secreto de la serenidad, la forma de recobrar un hilo de esperanza, la pócima de la alegría, el sentido de sobrevivir sin mirar atrás con miedo o con desamparo. 


(Jardines de Emil Nolde)

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