Fra Angelico en el Museo del Prado


La cultura no es nuestra única patria pero sí la más universal. Da lo mismo que hayas nacido en Tombuctú o en Jerez de los Caballeros. Da igual tu raza, tu religión, tu condición personal, tus bienes económicos...La cultura es el punto de encuentro en el que te reconoces cuando la mayoría de los anclajes han sido puestos en cuestión. El puente por el que cruzar para hallar al otro lado la seguridad de que alguien, alguna vez, en algún lugar, ha sentido lo mismo que tú oyendo una pieza musical, leyendo un libro o contemplando una obra de arte. 

Por eso nos sentimos parte del gótico o del Jinete Azul, o de la generación del 27, o de los pitagóricos. Porque hay una corriente iniciada desde el momento en que el hombre decide trasladar su emoción a cualquier forma de comunicación que lo acerque a los semejantes. Es la emoción la que preside las formas culturales, sean estas tangibles o no. Es la emoción la que distingue al artista y también la que traspasa al espectador, al lector o al oyente. La cultura no es, por ello, efímera, sino que se asienta en el legado más íntimo y a la vez más público de todos. 

Si alguien te cuenta que Fra Angelico es el centro de una exposición en El Prado entiendes, sin que nadie te lo explique, que una parte de ti está impregnada de la mirada del Renacimiento y que Fra Angelico, con su ingenuidad, su visión gloriosa de la divinidad y su juego de colores inmensamente firmes, tiene la capacidad de hacerte volver los ojos a lo que fuiste, al patio de Arte, a las clases en aulas oscurecidas por el tiempo, a exámenes que repetías cruzando el puente y a gente que, por esos vaivenes de la vida, están ahora en un lugar que desconoces. 

Entre las sensaciones que guardas en tu maleta de vivencias está la primera vez que visitaste el Museo del Prado, cuando lograste apreciar vívidamente que aquellos cuadros, aquellas imágenes que contenían los libros, existían en realidad y estaban allí, colgadas, a un paso, a la distancia más corta posible. Ese esplendor de la línea y el color, ese atrevimiento de las perspectivas, ese ensueño de la imaginación que son las invenciones pictóricas, esas pastas espesas o esas pastas ligeras, esos retratos adustos o serenos, los Cristos, las Vírgenes, las escenas mitológicas, las fuentes del saber, la geografía del arte convertida en un gozoso itinerario de contemplación infinita. 

Celebras los doscientos años del Prado como una efemérides que te toca directamente y sueñas con volver a reconocer, en los limpios azules de Fra Angelico, la gracia espiritual que los poseyó en su día. Recuerdas esas horas de catálogos, de libros y apuntes siempre abiertos a las dudas, de recorridos sin cansancio, de visiones sin límite...Recuerdas cómo elegiste entre todas las cosas de un muestrario tan amplio como engañoso, el camino más cierto, el que atraviesa sin herir y sin separaciones, ese angosto lugar en el que prenderías los momentos mas tibios y más llenos de vida. 


Hoy es el llamado por su religiosidad dorada Fra Angelico (Fray Giovanni en el mundo), pero con él están Giacometti y Modigliani; Velázquez y Rubens; el Murillo de su aniversario; escuelas, colores, formas y técnicas. Sueños, descubrimientos, esperanzas, momentos de contemplación y de hallazgos. La cultura es la patria y no tiene fronteras. 

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