Alejandra Pizarnik: Hace tanta soledad


Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

Flora Alejandra Pizarnik, argentina de origen ruso, nacida en abril de 1936 y muerta a los 36 años en Buenos Aires. Poeta. Desclasada. Outsider. Fuera de la realidad. Distinta. Niña rebelde. Niña sin autoestima. Niña problemática. La niña que los padres no quieren tener como hija. 

Al fondo del paisaje de su vida, el nazismo, miedo en la familia, azote de Europa, amenaza. La guerra y la muerte en su identidad. Diferencias en la vida y diferencias en el origen. Y una búsqueda. Qué quiero hacer conmigo misma. La meta: llegar a la literatura. Primero, la lectura y luego, la escritura. O las dos a la vez. 

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana.

El descubrimiento de los poetas malditos, del surrealismo, del existencialismo, del psicoanálisis. El deseo de hallar una paz interior que solo era un presentimiento, nunca una verdad. La escritura a modo de relato de vida. Los versos, como manantiales incandescentes, fuego. Los nombres: Rilke, Artaud, Rimbaud, Gide, Claudel, Baudelaire, Joyce, Michaux...


He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.

El deseo de ser reconocida, la lucha por una identidad que le diera seguridad en sí misma, las preguntas constantes sobre qué es, por qué, por qué a mí, la inestabilidad de no saber conducirse en los tiempos difíciles y aún en la vida cotidiana, la irascible tendencia a la indagación, la interrogación perenne, el miedo. 

Como tantos poetas quería ser amada y entendida. Como tantos poetas, hay en sus versos una mezcla explosiva de vida y de misterio, de ser y querer ser, de expandida canción inacabada, de biografía y de invento. Como tantos poetas, lo cotidiano era un martirio y la experiencia una sensación que no tenía razones para nada a veces. 

...ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

Cambiar de ciudad, cambiar de ambiente, encontrar gente afín, sentirse entre amigos, buscar consuelo en fármacos, buscar razones en otros, escribir como medio de expresión, de relación e incluso de explicación de lo que eres y no quieres seguir siendo...Todos esos motivos cincelan el cuadro de su imagen como si no fuera posible hallar otros. 


Tantas veces el verso es un mensaje en una botella, una cinta atada a las rodillas, un lazo que se anuda en la cabeza, un sueño que no acaba y que trae al despertar la sensación incómoda de verse repetido...Tantas veces el verso...Las imágenes veladas de Uta Barth, con su color impreciso, sus siluetas apocadas, ese aire de desánimo que destilan, parecen el complemento perfecto a los versos de Pizarnik, unas palabras que más que escribir, gimen. 

(Fotografías de Uta Barth) 

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