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Mostrando entradas de mayo, 2019

Declaración de amor

(Renoir. Dos niñas al piano) El colegio aparecía en la esquina de una espaciosa calle del centro. Estaba rodeado de casas hermosas, la mayoría de ellas de una planta, aunque estaban coronadas por torres, buhardillas o azoteas al estilo del sur. La fachada era blanca con remates de color albero y tenías que subir tres escalones de mármol para acceder a la entrada, bordeada de azulejos esmaltados, formando cenefas y dibujos geométricos, verdes, azules, malvas y corintos. Después, traspasando una puerta de hierro y de cristal, aparecía el enorme patio, cuadrado y enlosado en tonos ocres, al que se abrían las aulas, los servicios, y, al fondo, una puerta secreta que comunicaba con la casa del director.  El zumbido de la poesía se oía a veces en alguna de las clases y también el dictado de Platero y algunas canciones que los más pequeños entonaban con poca fortuna. Un piano estaba en un rincón de la sala de música y la pequeña biblioteca estaba forrada de arriba a abajo con estan

Fra Angelico en el Museo del Prado

La cultura no es nuestra única patria pero sí la más universal. Da lo mismo que hayas nacido en Tombuctú o en Jerez de los Caballeros. Da igual tu raza, tu religión, tu condición personal, tus bienes económicos...La cultura es el punto de encuentro en el que te reconoces cuando la mayoría de los anclajes han sido puestos en cuestión. El puente por el que cruzar para hallar al otro lado la seguridad de que alguien, alguna vez, en algún lugar, ha sentido lo mismo que tú oyendo una pieza musical, leyendo un libro o contemplando una obra de arte.  Por eso nos sentimos parte del gótico o del Jinete Azul, o de la generación del 27, o de los pitagóricos. Porque hay una corriente iniciada desde el momento en que el hombre decide trasladar su emoción a cualquier forma de comunicación que lo acerque a los semejantes. Es la emoción la que preside las formas culturales, sean estas tangibles o no. Es la emoción la que distingue al artista y también la que traspasa al espectador, al lector

"Kathleen" de Christopher Morley

Conocía a Christopher Morley por la lectura de dos de sus libros, que andan reseñados en este blog: La librería ambulante , de 1917 y La librería encantada , de 1919. Libros encantadores, tiernos y que giran en torno a la literatura desde dentro, como si fuera un libro dentro de otro. Roger Mifflin, el librero, y la señorita Helen McGill, son los protagonistas de esta historia, un clásico de la literatura norteamericana que vio la luz por vez primera en 1917. Personajes tiernos, entrañables, dotados de ingenio y de una ligereza que no es simpleza sino aguda observación y un sentido práctico de la vida que los lleva a encontrar en los libros todo aquello que la cotidianeidad a veces oculta. Hondas reflexiones, ironía, gracia muy especial, movimientos pendulares de razonamientos que te hacen reír sin más, espectaculares diálogos y el poso hondo de la literatura en su relación con lo mejor de los hombres. Todo esto aparece en "La librería ambulante" y en la obra de su au

Dejar atrás un sótano más negro

Las penas de los hombres son eternas. Se mueven en un círculo que avanza pero que no termina. Y se contagian los dolores de los unos a los otros y toda la historia está llena de ellos y de ellas. No importa la época, la clase social, la vestimenta. Tampoco importa la edad, el aspecto físico, el trabajo que ejerzas o la vida que lleves. Lo que suele ser definitivo es la emoción, la forma en que contemplas lo que eres y ese río que te arrastra algunas veces.  Hay quien solo reduce el sufrimiento a la pérdida, la enfermedad o la falta de recursos, pero los hombres modernos sabemos que la existencia tiene, cuando la vida cotidiana no se ha visto alterada por problema mayor, un vaivén que la convierte en fuego, que la convierte en luna, que la convierte en llama. Es el amor que pasa, nos diríamos. El amor, esa sensación inexplicable que todos hemos intentado vivir cuando ha llegado y que en tantas ocasiones ha sembrado de dolor las horas y las ha convertido en un desastre. También

"Los lobos de Praga" de Benjamin Black

Este es un Black que parece Banville . Pero no el Banville de " Antigua luz" , de "El mar" o de "La guitarra azul" , sino más bien el de "La señora Osmond" , lo que quiere decir que es un Banville más estilizado y menos oscuro. Que John Banville-Benjamin Black es un excelente narrador, un frasista de primera, un autor fundamental de nuestra literatura actual, resulta evidente. Pero eso no quiere decir que todos sus libros estén a su altura. Como ocurre con "La señora Osmond", un ejercicio de estilo que intenta reproducir y continuar los aires de Henry James pero que no deja de parecer una especie de intento. No hay necesidad, pienso, de saltarse lo que uno es para navegar en los mares de otros. Y por eso hay que saludar con satisfacción este libro,  "Los lobos de Praga", que tienes que leer en el momento adecuado porque, si no es así, puede darte la impresión equivocada de que es un lento río sin meandros.  El libro,

Pétalos de rosas sobre el asfalto mojado

El amor se condensa en una carta. Las palabras cuentan lo que los labios callan. Los ojos en los ojos desnudos se han quedado. Nada hay que no sea sufrimiento después de tantos años. El tiempo que ha pasado no ha convertido en agua clara el sueño que viviste después de conocerlo tan de cerca. Él no ha entendido y tú no has sido capaz de olvidar.  Que una adolescente soñadora se enamore de un joven músico, bello como un dios griego, no es raro. Más raro me parece que se pasen los años, se convierta en mujer y siga amándolo. Más raro es aún que él viva entre amores que no le satisfacen y olvide el único que, en verdad, podía haberlo salvado de tener el corazón desierto en vida. Morir antes de que llegue la muerte es algo parecido a esto. Ella, porque lo ama y no lo tiene. Él, porque no sabe que el amor existe.  En 1948 Max Ophüls firmó la adaptación cinematográfica de una inquietante novela de Stefan Zweig . La obra de Zweig te produce una herida que difícilmente restañas co

Una historia de poetas

Cuando era muy niña, estando en el instituto, fui testigo de una cosa que hoy llamaríamos "acoso". Recuerdo que me rebelé, hablé, elevé la voz, dije lo que tenía que decir y me castigaron por ello. El castigo fue importante pero tuve la suerte de que, al llegar a mi casa y contarlo, mi madre me dijo que había hecho muy bien, que nunca había que volver la cara a la injusticia y que somos más humanos cuando estamos al lado de la gente que sufre de algún modo.  Pasaron los años y viví una situación parecida en la persona de un eminente anciano a quien algunos jerifaltes sin corazón pretendieron ningunear y tratar sin respeto alguno. Como en los tiempos de instituto volví a elevar la voz, volvía a denunciarlo públicamente y volví, claro que sí, a ganarme mi castigo. Un castigo disimulado, en forma de ostracismo que, realmente, no me hizo dudar de la bondad de lo que había hecho.  En ese mismo tiempo me entrevistaron en la radio y el "periodista" se refirió

Libros de feria

(Annie Leibovitz) Para cualquier lector, las ferias del libro son territorios cómplices, tierra conocida, paisajes cuya exploración siempre te trae alguna sorpresa, algún aliciente. Mucho más que ante cualquier otro escaparate sueles detenerte en la fila ordenada de libros, en las novedades o en las firmas, si es que tienes cierto estilo mitómano y aprecias el conocimiento directo de los escritores. No siempre esto es bueno, te lo advierto. Porque una cosa es escribir y otra ser. Y el ser y la literatura no van de la mano, o no suelen ir de la mano. Las biografías de los artistas, entre ellos los literatos, nos deparan una gran cantidad de disgustos, porque pueden llegar a cambiar el signo de tus gustos por cuestiones ideológicas o de conducta o de opiniones. Sin embargo, en las ferias del libro las firmas siguen siendo un polo de interés a pesar de que aquellos escritores que más amamos nunca serán firmantes por razones obvias. Un catedrático contaba en sus clases que co

Algo nuevo, algo usado, algo azul, algo prestado...

Los niños de la casa están asustados. La pantalla les devuelve la imagen atroz de una enorme plaga de hormigas gigantes que hacen un ruido atronador. Las hormigas avanzan sin misericordia, destrozan todo lo que encuentran a su paso, destruyen las plantas, asustan a los nativos. En esta ciudad costera junto al Atlántico, en esta calle acostada junto a los esteros, es ya de noche y la televisión muestra la película en una de esas reiteradas reposiciones de cine de aventuras que se prodigan y concentran ante el aparato a mayores y pequeños, en franca camaradería. Los ojos de los niños no se apartan de la riada de hormigas que rodea la plantación. El calor trasciende el aparato, todos sudan. Es verano y por eso están allí, disfrutando del ocio, sentados y desperdigados en sillas y en el suelo.  Detrás de los niños, en un paréntesis de su tarea cotidiana, continua y con escasas recompensas, están las madres. Las hay de todas las edades. La mayoría de ellas tienen muchos hijos y poc

"Amistad de juventud" de Alice Munro

Este es un libro de relatos que debería ayudar a que aquellos lectores que tienen prevención hacia ellos cambiaran de opinión. Es eso exactamente lo que me ocurrió a mí gracias a la lectura de los cuentos de Edna O`Brien ("Objeto de amor"), Mavis Gallant ("Cuentos"), Lucía Berlin ("Manual para mujeres de la limpieza"), A. M. Homes ("Días temibles") o Edith Pearlman ("Visión binocular"), entre otros. La creencia de que los relatos son novelas a medio hacer, literatura menor o historias en pequeño queda desterrada si lees cualquiera de estos libros. Un relato es una obra en sí misma, con su tempo, su estilo propio, su ritmo, su cadencia, su todo. Hay escritores de novelas muy estimados que han dado lo mejor de sí mismos en el relato. Es el caso de Antonio Muñoz Molina y "Nada del otro mundo". Alice Munro, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013, es una maestra del relato. Ha escrito muchísimos y solamente una novela

Yo tenía un jardín

(Jardines de Joan Cardona y Lladós) Yo tenía un jardín. Había tres grandes espacios, diferentes pero todos ellos ágiles, brillantes, conmovedores. En una zona estaba el huerto aromático. Lavanda, aloe vera, mirto, hierbabuena, todas las plantas lanzando su olor en torno a la ventana de la cocina, junto a un espacio con pequeñas piedras, luchando a veces con los rosales para repartirse la tierra y con las poinsetias que no acababan su trabajo en navidades. Entrabas en la casa y te asaltaban miles de olores y te seguían hasta el vestíbulo y se expandían sin dudarlo por todo el terreno. A veces tenía un aspecto salvaje, porque el mirto se enredaba y crecía, porque el aloe se ponía en plan amenazador y porque las rosas requieren mucho respiro para poder vivir al exterior. Eran rosas rojas, rosas rosas, rosas amarillas. Bordeaban el camino de entrada, acompañaban la visión de la casa desde el principio.  (Jardines de Joaquín Sorolla y Bastida) La otra zona del jardín est

"La hija de la española" de Karina Sainz Borgo

La hija de la española es Aurora Peralta. Su padre, Fabián Peralta , trabajaba en un obrador próximo a la iglesia de San Jorge y allí le cogió la onda expansiva del atentado que hizo volar, literalmente, al coche de Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973. Una circunstancia histórica de este calibre da lugar a la marcha a Venezuela de Julia y Aurora Peralta. Y será Aurora Peralta quien, ante un cataclismo, ofrecerá a Adelaida Falcón , la protagonista del libro, una oportunidad de renacer. En este libro hay dos Adelaidas, la madre y la hija. La madre es maestra y la hija es filóloga. Ambas son, por tanto, instruidas, cultas en cierta manera y por eso mismo quieren conservar algún grado de dignidad en la degradación. Por ejemplo, comer con cubiertos y no con las manos. Por ejemplo, tener un entierro digno, con una lápida y con flores en un jarro de cristal. La historia, que comienza con la muerte de Adelaida, la madre, con su discreto entierro y con la orfandad de su hija en

"La edad del desconsuelo" de Jane Smiley

Dana, Dave y tres hijas. Vida cotidiana. Las cosas que a todos nos ocurren. Una clínica dental que prospera. Un matrimonio de larga duración. Una duda. "Nunca volveré a ser feliz" piensa Dana en voz alta. Dave guarda silencio. El silencio de Dave esconde el deseo de que nada cambie, de que todo permanezca como está, de que su matrimonio no sucumba al desamor, la rutina o el cambio. A ellos no puede pasarles, se hundiría todo.  Dave es un ser vulnerable y Dana necesita ser feliz. Ni él puede imaginar la vida de otra forma ni ella quiere seguir imaginando la vida que vive. Es el eterno vaivén de las parejas, de las relaciones sentimentales, de los matrimonios. Pasan los años y una multitud de ritos compartidos sustituye a la pasión, al encuentro breve, al fascinante deseo, al cruce de miradas. Pasan los años y se contraen deudas, se tienen hijos, se compran casas, se firman hipotecas, se comparte el cartel del buzón, se celebran efemérides, se amplía la familia por uno

Padres e hijos

Alguien podría pensar que esta historia ha quedado desfasada. Pero no. Aunque la estética de la película nos resulta ahora vintage, aunque los actores aparecen tan jóvenes que apreciamos cuánto ha pasado el tiempo, ni el tema ni el fondo de la historia son cosa pasada. Al contrario. Muy presentes en esta y en otras miles de formas. El relato del desamor entre una pareja cuyos hijos se desarraigan de uno o de otro es el relato de las sociedades modernas. En este sentido la película es la constatación de una evidencia y también un aviso. Te puede pasar a ti.  Cuando vuelves a verla te llama la atención, en primer lugar, la fotografía. Desde ese primer encuadre en el que el rostro de Joanna Kramer (Meryl Streep) muestra el dolor por la separación de su pequeño, hasta la escena final en la que ese mismo rostro adquiere la serenidad de la aceptación, transcurre un recital de magia fotográfica, de interiores velados, de exteriores simétricos, de luces y sombras, de primeros planos m

Que ni el viento arrebata

A nadie se le ocurre inventar la risa, inventarse los llantos. Imagínatelo. Has vuelto de una larga travesía cruzada de inhóspitos recuerdos y aparece la luz, cambiante el tono, a veces rojo, a veces amarillo, azul tal vez en tardes de verano, verdosos innombrables, grises perpetuos, marrones que hacen juego con la noche...Nunca te alegrarías de estar en un silencio que no tuviera nombres, ni siquiera de ser alma callada. Por eso te levantas con fuerza, agarras sin temor las despedidas y vuelves a pisar el suelo de antes, con otros pies y con otros zapatos, pero vestida de algarada, de fiestas.  A nadie se le ocurre pensar que alguien agazapado, escondido, oculto entre las sombras, va a describir un arco de amargura en tu risa, va a cambiar el color de tus ojos y el tiempo que devoras sin tasa entre las hojas. No podrías entender, por mucho que quisieras, que hubiera gente así perdida por el mundo y que pudiera incluso pensarse compasivo, pensarse fiel consuelo, pensarse dulce

El juego de la venganza

La historia tuvo lugar en Kuala Lumpur en 1911. Luego se convirtió en un relato, publicado en 1924, junto a otros que formaban el libro The Casuarina Tree. Más tarde, en una obra de teatro escrita en 1927. Por fin, en una película, de 1929. Y el fin de todo ello, de esta suerte de atracción mantenida en el tiempo, es esta película La carta, de 1940. Así, Somerset Maugham, el dramaturgo; Howard Koch, el guionista; William Wyler, el director y Bette Davis, la actriz, forman el cuarteto sobre el que se asienta esta extraña, apasionante, dura y compleja producción.  Nunca la fotografía ha sido un aliado tan fiel de las emociones. Nunca los movimientos de cámara han tenido mayor protagonismo. Nunca, las diferencias sociales, la lucha de clases, han tenido un espejo mejor en que mirarse. Nunca la pasión amorosa se ha escrito con tanta conmiseración y tanto odio. Nunca la rivalidad femenina ha tenido un ropaje tan caro y unos rostros tan herméticos. Nunca hemos entrado en una histori