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Mostrando entradas de diciembre, 2018

La frágil realidad de sus mentiras

(Fotografía: Nina Leen, 1955) Suena la música y se apaga el teléfono. No hay nada que pueda traerte ese sonido, ninguna ilusión, ninguna buena noticia, ningún estremecimiento. La canción se eleva por encima del aire y cubre la habitación como si fuera una cúpula, un lugar extraño, nacido para eso, para entenderse en los peores momentos y en los buenos instantes. Suena la música y no queda otra cosa que esperar, entender y sentir los latidos de las voces, inflamadas del misterio que atrae, desde siempre, a la gente que se ama. Falta el amor y el amor se aloja en cualquier sitio, fuera de tu alcance, fuera de ti misma, fuera de todo, tan lejos. No en un país exótico, no a miles de kilómetros, a solo diez minutos la inmensa realidad de sus mentiras. Así que deja ahora la música sonar, que la música guarda un secreto que nadie más conoce y no olvides que, ante todo, si te has vuelto a engañar no ha sido cosa tuya. Es que, seguramente, hay cosas imposibles que te nublan la vista y l

"La carne" de Rosa Montero

Soledad es de esas mujeres cuyo destino es amar. Y si no tienen amores parece que les falta algo. Entonces los buscan desesperadamente. Sufren, es cierto, pero parece que ese sufrimiento les sirve más que el vacío o que la ausencia. Cuando Mario la abandona (en realidad nunca lo tuvo, así que no puede hablarse de abandono sino del adiós a una aventura) ella decide buscarse a un chico de compañía para que ese hueco lo llene alguien, a ser posible guapo y a ser posible tierno. Lo primero está asegurado. Aunque cueste dinero.  Adam es el gigoló que la agencia enviará a Soledad y que será su pareja de algún modo el tiempo que dura la novela. Que no sabemos si es mucho o si es poco, porque la cronología se interrumpe por otras voces que aparecen en el libro. Esas voces tienen que ver con el trabajo de Soledad, una comisaria de exposiciones que enfila lo que ella considera el último tramo laboral de su vida. Soledad está preparando un gran evento en la Biblioteca Nacional sobre escri

"El arrecife" de Edith Wharton

Los libros de Edith Wharton  (Nueva York, 1862- Pavillon Colombe, 1937) dan la impresión de haberse escrito después de observar, desde una atalaya privilegiada, la historia, los actos, los pensamientos y emociones de unos personajes que, lejos de ser de cartón piedra, tienen los defectos y las virtudes que asociamos a la gente normal. Los lectores sentimos que podemos asomarnos a una intimidad que, de otro modo, nos estaría vedada. Las historias transcurren como un río, con sus altibajos, sus meandros, su nacimiento tumultuoso, su desembocadura. Estas son virtudes que hacen de ella una escritora singular, a la vez llena de un estilo culto y depurado, a la vez convertida en una amable contadora de sucesos. Una dualidad que en este libro tiene su expresión máxima porque sus personajes, sobre todo los cuatro principales, obedecen a ambientes y motivaciones distintas y, sobre todo, ocultan algo. Ese juego de ocultaciones, de medias verdades, de mentiras que no deben sobrepasar el espac

Le he querido tanto...

Si fuera preciso os contaría el momento exacto en que le vi. Cómo iba vestido, en qué tonos, qué resplandor tenía su mirada. Contaría el movimiento de sus manos y la forma de andar y contaría casi todo sin olvidar un detalle, con la música de fondo de cualquier canción, incluso en silencio. Le he querido tanto...Era una luz, una risa, una esperanza, una huella sin mácula. Una vez llegaron unas flores blancas, con una vela redonda y ámbar, rodeada de hojas secas y de racimos de pequeñas uvas rojas. Era navidad. En otra ocasión fue un estallante cesto de claveles, rosas y lirios azules, colocados con primor en un recipiente de mimbre con un lazo azul claro en uno de los costados. Y hay libros por aquí que llevan su nombre. Y una taza amarilla con la imagen de Jane Austen. Y libretas de colores. Y una bandeja para poder leer sentada en el sofá. Esas cosas. Le he querido tanto...Me estremecía pensar que existía, que estaba en alguna parte, que había alguien como él. Nunca soñaba con qu

Institutrices

La única heroína austeniana que se educa con una institutriz es Emma Woodhouse . También es la única rica, la única que no depende de un buen matrimonio para vivir confortablemente. La señorita Taylor es la institutriz de Emma y de su hermana Isabella , desde la muerte de su madre. La relación entre las hermanas y la señorita Taylor es de respeto y cariño, las dos condiciones que el educador y el educando necesitan para que su labor sea fructífera y bien aprovechada. El resto de las mujeres Austen se educan sin institutrices. En el caso de las hermanas Dashwood su ambiente familiar acomodado hasta la muerte de su padre las puso en contacto con lecturas y música, aunque nada sabemos con detalle de todo ello, salvo la enorme afición al piano y a los sonetos de Shakespeare que tiene Marianne Dashwood y lo que le gustan los mapas a la pequeña Margaret . Por su parte, en la familia Bennet , si bien el padre es algo pusilánime y poco práctico, tiene una importante biblioteca en la q

Esa geometría del desprecio

Acuno soledades y, alguna vez, preguntas. Las certezas no existen, salvo para negarme, para negarlo todo. Avanzo entre las piedras, el suelo tiene la dureza de las tardes oscuras, esas en las que nadie más pisa las calles, esas en las que corro sin sonidos. En uno de los rincones que suelo atravesar está su imagen. Le he perdonado todo, casi todo. Desde el vacío, desde el sueño imposible, hasta la mentira piadosa y la mentira cruel. Todo. Le he perdonado todo. Por eso hoy ya no tengo palabras que ofrecerle y por eso las mezclo con las fotos de un espacio perdido en un país tan lejano como él.  Durante mucho tiempo reuní en pequeños fardos de ignorancia todas las dudas de un tiempo ya caduco y las puse delante de sus ojos porque creía en él. Creía en sus respuestas y en sus vacilaciones. Tan grandes era mi miedo que tuve que creerme que era cierto aquello que decía sin convicción. Mentía. Todo era falso. Era falso y mentía. Eran mentiras llenas de espejismos, de personas sin r

"Cara de pan" de Sara Mesa

Una extraña intuición me ha alejado hasta ahora de los libros de Sara Mesa (Madrid, 1976). No entiendo el motivo salvo que los títulos de sus libros me producen rechazo y que sus argumentos no me llaman la atención. La autora tiene una obra larga a pesar de su juventud, es siempre bien tratada y, a mi juicio (ahora más que nunca lo creo) está sobrevalorada. Acapara muchos premios y buenas críticas. Pero, por razones de intuición y de piel, no he leído nada de ella hasta ahora. La insistencia de muchas críticas en la calidad y la reiteración de los comentarios positivos en los suplementos culturales acerca de "Cara de pan" me han llevado a su lectura. Así puedo concretar mi opinión, sin quedarme en la de otros. Así puedo hablar por mí misma. Tener criterio, digan lo que digan los demás (como cantaba Raphael en una canción mítica).  El argumento de "Cara de pan" es conocido, porque del libro se ha hablado continuamente desde que se publicó: Una niña muy joven,

"Nada de nada" de Hanif Kureishi

Este es el tercer libro que leo de Hanif Kureishi . Los anteriores fueron "Intimidad" y "La última palabra", ambos con reseña propia en este blog. La escritura de Kureishi es muy reconocible y presiento que despierta pasión o rechazo. No hay medias tintas. Sus personajes están al límite de la vida y de ellos mismos. Son desagradables, potentes, inestables, duros, terribles, incomprendidos. Son reales, aunque están en una realidad desmesurada, que no es posible comprender con sencillez y que no forma parte de las vidas cotidianas tal y como las entendemos. Hablemos claro: a nadie le gustaría encontrarse con ellos en ninguna circunstancia. Son la trastienda, la casa de atrás, la que no todo el mundo tiene ocasión de conocer. Los libros de Kureishi , sobre todo esos potentes personajes masculinos que los llenan completamente, me recuerdan a Philip Roth y sus animales moribundos . Repelen y atraen. Gente desasistida de sí misma, ayuna de afectos, siempre de

Hermosa geometría

(Mi Belén de las rosas) Quizá estás solo o te sientes así. Quizá perdiste a alguien y su ausencia te impide disfrutar de las cosas. Quizá alguien a quien quisiste se fue sin decir nada y te dejó en silencio. Quizá esperaste lo imposible y nunca llegó, aunque no sabes el motivo. Quizá hubo quien parecía una cosa y su contraria, para, al final, ser nada. Quizá no te gusta el ruido, no tienes qué celebrar, no sabes cómo hacerlo y tienes miedo.  Aún así, piensa que hay muchos como tú y no lo dicen, no se atreven a explicarlo, no se dan cuenta, no quieren compartir su soledad y se muestran ariscos con ella. Déjala fluir suavemente, te servirá de consuelo. Olvídate de que desaparezca, es terca y no se moverá de tu lado. Convive con ella y piensa en que tú mismo eres todo lo que tienes, aunque saberlo te conmueva. Quiere a quien te quiere y te lo dice y deja de lado a aquellos que aparecen solo cuando el tiempo es propicio y no tienen otra cosa que hacer.  A pesar de que quizá

Cuento de Navidad

Cuando era niña vivía una Navidad llena de ritos, significados, música y adornos. Mi padre llenaba la casa de lazos, de guirnaldas, de muñecos y de regalos. Parecía una casa americana, de las que salen en las películas, toda llena de verde y de rojo, de musgo, de poinsetias, de caminitos, puentes y norias. El árbol y el nacimiento, los dos sin discusión alguna, cada uno en su sitio y en su papel. Y mi madre se encargaba de que los Reyes Magos llegaran cargados de juguetes. Buscaba desde meses antes aquello que a cada uno nos iba a gustar más. Preguntaba, indagaba, era una detective de los monarcas y, llegado un momento, también de Santa Claus. Una emisaria perfecta. Libros, juegos, mochilas, música, ropa, chucherías...¿cómo llamábamos a los caramelos, los bombones, las monedas de chocolate, los cigarrillos de mentira, los reyes que se comían? Ah, sí, la rebujina. La rebujina estaba junto a los juguetes y los juguetes llenaban todo el salón. Te despertabas y allí estaba la magia.

Aute, siempre de paso

Yo era una de esas estudiantes primerizas que no había logrado superar el asombro ante la gran ciudad. La recorría palmo a palmo. La calle era mi casa. En aquel tiempo tuve un novio cabrón, de esos que te abandonan todos los fines de semana contándote una milonga;  y una amiga acogedora que se hacía cargo de mí en los naufragios. Los dos han desaparecido de mi vida porque yo soy de esas que no conserva nada salvo la memoria y la palabra. Una de las noches de mágica primavera en que dejaba en un rincón los libros y me lanzaba al mundo buscando no sé qué (seguramente a ti aunque no lo sabía) topé con un concierto de Aute en la plaza de San Francisco. Yo iba sola, como me gustaba hacer en mis merodeos urbanos. Sola, pero tan viva, sola pero con tanta luz que no necesitaba sino el andar de mis zapatos tímidos sobre ese feroz asfalto que no dejaba de ofrecer cosas nuevas. La plaza de San Francisco estaba llena como en un mitin de Felipe en sus mejores tiempos o como si fuera a pasar la p

Balada de las niñas que sueñan

(A la Paqui) Las niñas junto al mar, en el brillante corredor de las salinas. La sal volando en piedras de colores. Los fuertes, convertidos en castillos. Los príncipes que llegan sin avisar y se adornan con el tono pardo de la tarde de invierno o el dorado del verano festivo. Las horas en la calle se pasan lentas y tienen todas el mismo movimiento: una historia que contar, una vida que repetir, un cuento que lanzar al aire, sin saber si la noche en el cine volverá a traer a los héroes, los convertirá en seres de carne y hueso, en elegantes caballeros que viajan en limusina.  Así sueñan las niñas y tienen todas nombres de hadas en espera. Las miras y las reconoces en seguida. Andan a saltos por la calle, tienen las rodillas lastimadas y el vestido lleno de manchas de rotulador. Miran a todos lados en busca de respuestas, alzan los ojos, allá en los balcones, en las casas oscuras, en los atardeceres, en la sorpresa, en la auténtica batalla de la felicidad que se adivina al

Escribir de una misma

Hay escritores que abominan de lo que ahora se llama autoficción. Dicen que eso no es literatura, o que es una literatura menor, porque no hay invención, ni creación de personajes, ni tramas imaginativas. Hay, simple y llanamente, vida en directo, vida en diferido, pero vida al fin y al cabo. Siempre creí que en todos los libros había ramalazos de su autor en mayor o en menor medida pero es cierto, ahí tiene razón Marías, que en la autoficción todo es una misma. Y eso lo distingue de otros géneros. Los psicólogos consideran que la escritura tiene una función terapéutica pero solamente algunas personas logran convertir esa especie de desahogo en literatura. No basta con escribir lo que sientes o te ocurre, sino que has de escribir bien, has de establecer un camino que vaya directo al lector y un puente que te acerque a él. En caso contrario, solo estaríamos ante un prospecto medicinal, una forma de echar fuera lo malo. Escribe tu historia con él y luego quémala, diría un terapeuta a

Libros para la navidad de 2018

En navidad nos gusta comprar libros y regalar libros. También tenemos más tiempo para leer. Así que aquí tenéis una  selección de quince libros de narrativa entre los que más me han gustado de todos los que he leído y se han publicado  durante el año 2018. Si os sirve para comprar y regalar o para leerlos sería estupendo.  "Ordesa" de Manuel Vilas. Alfaguara. A medio camino entre la autobiografía y la novela. Pura prosa poética. Sentimientos a flor de piel. Preciosas descripciones de vida y de personas que la convirtieron en una existencia llena de subidas y bajadas. Me ha emocionado tanto que me he convertido en una fiel seguidora de Vilas para siempre. Es un escritor exquisito, que canta las cosas más que contarlas. Una belleza inusual.  "Chica de campo. Memorias" de Edna O`Brien . Errata naturae. Para mí, la escritora viva con más inteligencia, más acierto y mejor prosa. Su vida, narrada a modo de aventura, escogiendo cuidadosamente lo que quiere contar

Pensando en ti mientras no fumo

Hoy he cruzado todos los semáforos. A mi llegada, ha desaparecido el rojo y se ha abierto el verde. Yo, de rojo y de verde hoy, he cruzado todos los semáforos y me he adentrado en el gentío que sube y baja la avenida, la calle, la calzada y la acera, el carril bici y la zona reservada a los taxis. Me he adentrado en el gentío, yo, de rojo y verde hoy, al borde de cualquier semáforo, y he recordado unas manos tibias, manos que nunca temblaban y que sabían a lo mismo que el campo, robustos olivos hechos manos, manos de labrador, de campesino, manos tiernas, tus manos.  Así, en esa imagen de la gente que transita cargada de bolsas de plástico que luego han de reciclar con esfuerzo, colmadas de turrones, llenas de cintas de colores, de pasteles, de enormes cruasanes casi franceses pero sin mantequilla; esa gente, la gente que se mueve de uno a otro lado con presteza, sin miedo, sin pensar que están cruzando un tiempo que ya se les escapa, sin saberlo, sin serlo, sin estar; en esa g

El tercer hijo

Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa.  Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerca de