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Que una flor de papel preside el aire


Colin Firth se marcha raudo en un Studebaker y huye de la rutina de esa mansión angustiosa y verde. No hay esposa, no hay hijas, solo tradiciones sin sentido y una necesidad de saber que no ha sido su culpa todo eso. Al otro lado del coche un sagaz mayordomo le ha ofrecido una copa de champán, la última y ha mantenido la vista fija en la copiloto, esa rubia tan parecida a Chastain, pero, que, sin embargo, parece renegar de la fama y de los conflictos. Miente, mentimos, nos mienten, eso es seguro. Una brisa marina envuelve Bath, al otro lado del mapa y de la historia, y ese olor penetrante del sulfuro, de los baños romanos y de las sales confitadas a ras del suelo, atraviesa la atmósfera silente, mientras las elegantes sueñan con que el hombre que buscan va a aparecer sin duda, en algún horizonte. No así las mujeres que medran en la sociedad de Nueva York y que Edith tan bien conoce, tanto que las retrata una y otra vez sin cansarse, como si tuviera que dejar testimonio de ellas, de su desesperación y de su ira, que, al cabo viene a ser lo mismo. Todas viven la infidelidad como un castigo y así aceptan que les ha tocado eso como una lotería sin alma, como un tributo a la riqueza absurda. 


No quisiera levantar la cabeza del libro porque, al otro lado del andén, a través de las ventanillas de un tren abierto, ocurre la tragedia y no pueden perderse los detalles. Lo sabe Henry Fonda y lo sabe Elpesth Mcgillicuddy, por propia experiencia, por intuición y por la fuerza de las cosas. Un chico corre escaleras abajo y doce hombres sin piedad tendrán que decidir si el viejo cojo que les asegura que lo vio salir acierta o miente sin quererlo. No es fácil descifrar el grito si este viene disfrazado por la etérea soledad de una mujer entrada en años que vuelve de las compras de Navidad con el estilo cansado de quien lo sabe todo, de quien no tiene apenas a quien ofrecer explicaciones, copa de jerez por medio, desde luego. Es la rutina de contar lo que has visto, de explicar lo que eres aunque no lo entienda nadie. Ocurre demasiadas veces que tus palabras no hallan cauce por el que discurrir y todo se te vuelve en soledades, todo se transforma en libros que, quizá, nadie lee o, peor aún, nadie sepa que existen. Tampoco él, aunque sus mentiras pueden empapelar la casa de la alegría sin despeinarse. 


Nada hay que se oculte en mañana de nubes, grises y turbulentas, de color apagado y ninguna emoción. Los libros aseguran que existen otros mundos pero no los conoces, no los sientes, tan solo los intuyes y equivocarte puedes, es seguro. Fíjate lo que ha hecho. Ha lanzado la piedra en un estante, ha convertido en falso todo lo que tocabas, ha logrado que vuelvas a encerrarte en el sueño sin que el hastío provoque la redención de nada. No te creas sus palabras, detente solo en los hechos. Si esto fuera una película de espías ¿quién tendría el microfilm? Si esto fuera una película de misterio ¿a quién acusarían de asesinato? Hechos, tan solo hechos, nada de parrafadas, nada de mentiras veladas, nada de desprecios ancestrales. Mira la imagen. Leen. Y si no hay sabiduría, que haya paz, por lo menos. Es esto lo que intuyes aunque ya no te sirve nada el explicarlo. En la imagen, los sueños se han desvanecido de repente y una mujer de amplio vestido gris se asoma a la ventana y hay otra de hermoso verde que habla sola y la de negro, al fin, tiene el cabello convertido en gasa dorada y espumosa como si el líquido que está bebiendo se derramara por los aires sin fuerza. Ha perdido. Lo sabe. 


A vueltas con la vida. Las historias guardan súper héroes que se convierten en príncipes y ranas, sin que la mano tersa del hada pueda hacer nada por evitarlo. Cada vez que te asomas a sus páginas encuentras mil razones para seguir leyendo pero ahí, al otro lado, está la ventana que presagia la vida y esa es la puerta del destino que no quieres cruzar porque no sabes. Ellas son siempre jóvenes, no pasan las edades, no llegan las arrugas, no lloran, no lamentan, no esperan, nunca sienten. Hay una esperanza nítida en que se cierren las páginas y aparezca cierta forma de contemplación que antes no existía y que te devuelve un chorro de la serenidad que ansías. Pero, en el fondo, todo es un espejo vacío de miradas. No hay miradas y no hay versos. O uno solo. Y lo has escrito tú. Sin que nadie lo note.

(Título: un verso de José Ángel Valente
Fotos: Nina Leen)

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