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La Costa Azul: el sueño de cada verano


(Raoul Dufy. La Costa Azul)

Todos los años en estas fechas, iniciado ya julio, sueño con que estoy en la Costa Azul. El sueño se repite de noche y se recuerda de día. La vida cotidiana mantiene ese sueño en el aire y el espejismo baila sobre la cabeza y se muestra en cada momento, como si estuviera anclado a una parte de mí, inconmovible. Veo a Max de Winter mientras se enamora de una muchacha sin nombre, que lleva media melena descuidada y una rebeca muy sencilla. Ambos surcan las carreteras orladas de árboles y se deslizan hasta precipicios innombrables, allí, junto a las calas de agua verde y brillante. 

En los descapotables viajan las jóvenes con sus mejores trajes, sombreros y fulares al viento, incluso abatidas por el recuerdo de Isadora Duncan y su absurda muerte, pero manteniendo una sonrisa descomunal, como si no pudiera evitarse ese destino ni otros semejantes. Grace Kelly tiene una estampa fulgurante, plantada allí, junto a Cary Grant, que sobrevive entre el engaño y se deja besar en el pasillo de un hotel de lujo. Las tardes de casino se convierten en ritos y las palabras se lanzan sin destinatario seguro: cualquiera puede ser el receptor de una invitación o un beso. 

Cuando ocurre un crimen, y pasa en ocasiones, aparece Poirot, con un vestido inmaculado y los zapatos recién cepillados, sin señal de polvo de desierto, a pesar de que, seguramente, días antes estuviera en Egipto o en Mesopotamia. El crimen se resuelve y los millonarios vuelven cabizbajos a sus mansiones, más aleccionados, más inseguros, menos llenos de vida. Porque en cualquier parte puede ocurrir que la historia se convierta en novela policíaca. 

Los días se suceden, las aguas se vuelven más azules, los cuadros de Dufy son el epistolario que no te escribiré porque no existes. En las tardes, un diario tendrá anotaciones y la muchacha que las escribe se dará cuenta de que, escritas, las esperanzas ya no suenan igual. Por eso volverá a su casa sin la ilusión que tuvo, es inútil pensar que un cretino dejará de serlo. 

Ahora que entiendo con toda claridad que tú y yo nunca estaremos juntos en la Costa Azul, ningún verano, en ninguna vida, el sueño parece redoblarse, como si trabajara sobre un lienzo en el que la imagen se colocara fija, una fotografía que no desmaya, que nunca se agota ni se pierde. Veo las voces que no existirán, oigo los movimientos que no haremos, danzo por los aeropuertos, me siento en los salones, tengo la sensación cercana de las olas, que se abaten suavemente en las rocas perdidas entre el asfalto. 

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