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Confidencias a media tarde


Hace tanto que no nos vemos...Y eso que he hecho intención de verte muchas veces...Pero, no sé si te lo he dicho, me cuesta trabajo salir a la calle, me abruma la gente. Cuando estoy en casa es como si hubiera un gran paraguas que me cubriera, que evitara el daño exterior, la contaminación de tratar con personas, el ruido de las conversaciones. No puedo prestar atención a la charla, me canso, me entran ganas de desaparecer. Todo lo externo es tan pesado de digerir, que es como si no tuviera ninguna capacidad para soportar a los demás.

Hay gente a la que me gustaría ver a menudo, como a ti, por supuesto, pero no creas que lo evito porque no te tenga cariño o porque soy una vaga. No. Es simplemente miedo. El miedo me atenaza mucho más de lo que podría explicarte. Una sensación que antes sentía esporádicamente pero que ahora forma parte de mí misma. Me levanto por las mañanas y pienso en ello. Reflexiono sobre mi cuerpo por si me duele algo y, enseguida, reparo en el miedo. Estoy sobresaltada, asustada o simplemente ansiosa, esperando que surja, esperando que lo que sea salga de donde esté escondido.

La noche es más fácil de llevar, acabo rendida de luchar y, cuando me echo en la cama y cierro los ojos, no tengo capacidad nada más que para desear dormir sin despertarme. A veces me desvelo y noto que despierto sudando, nerviosa, preocupada sin saber el motivo. En ocasiones sueño, aunque muy poco, pero son sueños que me dan quebraderos de cabeza e, incluso, me producen lágrimas. Despertarse con los ojos húmedos es una sensación que te sorprende al principio pero luego te acostumbras. Es como si durante el tiempo en que estás dormida no se parara nada, siguieran los acontecimientos, continuara la lucha. Muy cansado todo, muy difícil, muy duro. Prefiero no pensar, pero no puedo dejar de hacerlo. Es mi problema, ya sabes, pensar tanto y pensarlo todo. En fin...Tú ¿cómo estás? 

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Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

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