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Chanclas de goma, conchas de mar


(Dorothy Bohm, 1959)

Cuando descubrimos el joyero de nuestras madres o, mejor aún, los maquillajes, las barritas de labios y el colorete, nuestra vida cambió. Éramos niñas y llevábamos una vida curiosa, arrastrando los pies por las habitaciones, jugando en la calle e intentando atisbar alguna conversación interesante. Algo que se contara entre comillas. Esa vecina que tenía un lío fuera del matrimonio. O aquella otra, cuyo marido se largó en el viaje de bodas. O la de la esquina, que siempre aparecía con tono triste y gafas de sol. 

La hora de la siesta era el momento propicio para intercambiar confidencias, en voz muy baja, sentadas en el suelo, evitando que alguien nos mandara a la cama sin querer. En esa hora cada una contaba sus hazañas, describía sus hallazgos. Yo había encontrado una talquera de color rosa, que se abría y lanzaba a la atmósfera un aire lleno de motas de polvo del mismo color, que se metía en la nariz y te hacía estornudar. La borla aparecía rosa en el centro y blanca en los alrededores, de forma que quedaba señalada con exactitud la zona que estaba en contacto con el rostro de mi madre. La talquera olía muy bien y se cerraba a presión, para que el contenido no se desparramara. Pero ella adivinó mi manoseo y me lanzó una riña muy bien estudiada: libros y no polvos, me dijo, porque no tienes edad y falta mucho para que la tengas. 

Mi madre era tan alta que no usaba zapatos de tacón así que todas inventamos una curiosa forma de parecer mayores. En nuestras chanclas de la playa, esas que tenían dos tiritas de goma, colocamos detrás una enorme concha marina, que hacía de tacón y que sonaba al andar. Era incómodo pero nos resultaba agradable movernos al compás y hacer ver que cierta feminidad prohibida estaba a punto de caer en nuestras manos. 

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