Ir al contenido principal

Cartas que ya no te escribo


Escribir cartas es un arte. Jane Austen lo poseía. Las que escribió a su hermana Cassandra son las mejores, aunque se conservan muy pocas. El secreto estaba, según ella misma dijo en más de una ocasión, en expresarse de igual forma que lo haría si la persona estuviera presente y hablara con ella. Espontaneidad con estilo. Nada de tiesuras, actitudes impostadas, cursilerías o inventos chinos. Pura y simple naturalidad, ese dejarse llevar por las palabras, por los acontecimientos, ideas, pensamientos y noticias. Mi corazón se transformaba en escritura. 

Así eran mis cartas, las que tú no recuerdas. Numerosas, largas, sentidas y tiernas cartas. Las escribía y, como no es caso de usar palomas mensajeras, correos del rey, ni siquiera papel, sobre y sello, te las hacía llegar por el correo electrónico y constituían una prueba segura de que entonces tú merecías la pena. Contar algo, escribir una carta, es una de las muestras más generosas de entrega que pueden hacer los seres humanos. Darse al otro en forma de relato. Convertir tu vida en una historia para que pueda ser leída y conocida. Mis cartas, que a veces alababas porque decías que eran divertidas, intensas y bien escritas, dejaron de llegarte aunque no las añoras, ni las echas de menos, ni has reparado en ello, bien lo sé. Eran un símbolo. 

Las cartas que ya no te escribo no son palabras ni emociones que se pierden. No. Aunque no estés tú al otro lado ellas siguen su curso, se convierten en otra cosa, porque para alguien que tiene en las letras su universo más cierto, no existe silencio ni muro a la hora de expresarse o de decir.

Así que esas palabras, que primero se mezclaron con el agua de las lágrimas como las escorrentías que deja a un lado la lluvia en los pantanos, recuperaron un día su razón de ser y se mueven airosas y van al sitio en que se las escucha y entiende. Y luego está el silencio, ese del que tanto he aprendido y al que tanto recurro ahora que tú no escuchas ni te cuento.

Alguien que no repara siquiera en que han dejado de llegarle cartas no posee la cualidad de merecer leerlas. 

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes