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"Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo"



Leer un libro es como conocer a una persona. Observas su portada, su título, sus imágenes, los créditos, las fechas, la editorial, los autores, el traductor…Ves su rostro, sus ojos, la forma de mirar, cómo mueve las manos, cómo anda, qué clase de gesto compone al enfadarse, el color de su risa…

Pero luego abres páginas y empieza un recorrido plagado de inquietud. Las primeras son las decisivas. El comienzo, el primer párrafo, la primera frase. La primera cita, la primera llamada de teléfono, el primer mensaje…

En un momento dado estás ya en el primer tercio y has sobrepasado el límite de tu examen. Si has llegado aquí será que lo que queda te interesa, quizá sea de tu agrado. El nerviosismo cede, pero no la expectación, no la espera. Espera es una palabra unida siempre al conocimiento de alguien. Analizas la forma en que te ha recibido allá, en el local elegido, en ese ambiente que está fuera de ti y fuera de él. Te fijas en su despedida, en si aprieta tus manos o las deja caer, laxas, a lo largo del cuerpo. Te apropias de una parte del sonido de su voz, que será tuyo siempre, la forma en que te habla y te contesta…

El libro está a tu lado y ya no tienes miedo, sabe que continuarás leyéndolo y que serás capaz de terminarlo. Has captado gran parte de su esencia, se ha convertido en un lenguaje próximo, entiendes al autor, sabes qué ha escrito, por qué y cuánto de él hay en sus palabras, cuánto de ti en recibirlas y entenderlas. La otra persona ha abierto algunas cajas de secretos, algunas pequeñas confidencias se han desplegado ante ti, conoces algo que otros no se imaginan, su primera imagen se funde con la nueva, es alguien con un sentido propio, no es uno más, es parte de una cosa que llamamos vida. No es extraño, más bien es un trozo del decorado que elegiste y renuevas poco a poco…

Así llegas al final de la historia. El desenlace. Quizá te ha convencido y te ha dejado más ganas de leer al autor. Quizá te ha parecido flojo, decepcionante o demasiado simple. Entonces, adiós a otra oportunidad, a otra ocasión. Quizá te ha deslumbrado, te ha llenado de luces y entonces nunca se escapará de las manos. Es tuyo. El paso de los días te ha traído miradas que nunca esperaste, frases que se acomodan como un guante a las tuyas, sonidos que te adornan y hacen que creas en ti. O, tal vez, sin que puedas adivinarlo antes, las lágrimas te cercan y te anuncian que no es él, que no sirve, que no es nada, que es falso, que te vayas, que huyas. 


(El título es un verso de Luis García Montero. La fotografía es de Irving Penn)

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