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"El tren de las 4.50" de Agatha Christie

La mansión de los Crackenthorpe tiene problemas domésticos. ¿Y quién no? diría mucha gente. Es un caserón grande y viejo en el que vive el anciano Luther Crackenthorpe con algunos de sus hijos. Otros, van y vienen, quejándose continuamente de que su padre tiene el dinero bien atado y de que, hasta que no se muera, no va a soltar las cuerdas de la bolsa. 

En otro lugar de la geografía inglesa, Londres, la señora Elspeth McGillicuddy ha terminado sus compras de navidad. Cuidando mucho los gastos ha logrado adquirir un detalle para cada uno de sus sobrinos. En la estación de Paddington toma un tren en primera clase, el de las 4.50, con paradas en varios pueblos de la campiña inglesa, uno de ellos cercano a Saint Mary Mead, donde vive su amiga de toda la vida, la señorita Jane Marple

Una circunstancia excepcional, que recuerda a los testigos oculares del asesinato que se juzga en "Doce hombres sin piedad" (esto es, ver un crimen a través de las ventanillas de un tren en marcha), la pone tan nerviosa que termina logrando la intervención de su amiga Marple en el misterio. 

Y entonces surge ella, uno de los personajes más simpáticos y atrayentes de Agatha Christie, Lucy Eyelesbarrow, una licenciada en matemáticas que se dedica a trabajar en el servicio doméstico, porque allí ha encontrado una forma de desarrollar su amor por el orden. Será Lucy la comisionada por la anciana Marple para que husmee en la mansión Crackenthorpe a ver si encuentra un cadáver. 

He aquí el planteamiento de la historia, cuyo desenlace no descubriré por si, algo asombroso desde luego, hay alguien que no ha leído el libro. En este caso tiene una gran suerte. Porque ahora tiene una nueva oportunidad de leerlo en esta edición que saldrá en estos días, remozada y recién traducida. Una joya y una delicia. Cuántas horas de tristeza convertidas en entretenimiento y cuántos malos ratos sofocados entre sus páginas...He aquí la enorme inteligencia de Christie y su genial manera de hacernos entrar en un paisaje que, sin lugar a dudas, no es solo literatura sino, sobre todo, imaginación. 

"El tren de las 4,50" es un libro encantador. Conjuga el "crimen doméstico" con cierta sofisticación relativa a la testigo ocular, una mujer muy despierta e inteligente que se marcha al extranjero y no puede estar presente en los primeros momentos de las pesquisas. Sin embargo, estas damas rurales ingleses tienen un acendrado sentido del deber y no se marcha tranquila hasta que no sabe que su amiga Marple va a seguir la senda del descubrimiento de los malvados.

Luego está Lucy Eyelesbarrow. A todos nos gustaría tener una Lucy en nuestra casa, porque lo resuelve todo y todo con sentido común y con gracia. Tan bien se le dan las cosas y tan atractiva resulta que termina con tres o cuatro pretendientes y con el misterio sin resolver de si va a darle a alguno esperanzas. También hay chicos, una intriga allende el continente, reminiscencias de hechos de guerra (algo común en las novelas de Agatha Christie) y algunos malos que no lo parecen.

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