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Roth y ella misma


La forma en la que llegamos a los libros y, a través de ellos, a sus autores, es verdaderamente mágica. Nunca se repiten los casos, hay carambolas de la vida, encuentros fortuitos, búsquedas recompensadas, casualidades plenas. En todo caso, hallar un libro, leerlo y que no te abandone es, sobre todo, un acto de amor. Llegué a Edna O´Brien a través de alguien que, un día, sin yo saber por qué y sin que pueda recordar quien era ese alguien, me regaló uno de sus libros, el primero de la trilogía de Kate y Baba. Llegué a Philip Roth porque alguien, de quien tengo muy claros su nombre y su eco, me regalaron uno de sus libros. Lo que entonces no sabía es que ellos, Roth y Edna, eran, no solo amigos, sino admiradores mutuos, cómplices literarios y muy parecidos en algunos aspectos. 

Philip Roth confesó su aprecio sobresaliente por Las chicas de campo, el libro que ella publicó en 1960 y, a su vez, Edna le dedicó su volumen de cuentos Objeto de amor, una de sus obras más conseguidas, plena de sensibilidad, de buena literatura. A Philip Roth por nuestra larga amistad, rezaba esa dedicatoria. Lo mejor que se podía ser de Roth, siendo mujer y bella, como Edna, era eso, amiga. 

Así como Edna O´Brien es una escritora irlandesa, que habla de Irlanda, que vuelve a Irlanda como motivo de inspiración y de vivencia, él es un escritor estadounidense que ejercía de tal. Por eso, en el pequeño discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, que leyó en su nombre el embajador de EEUU porque el escritor estaba convaleciente de una operación de columna y no podía viajar, se muestra extrañado porque en España hubiera tanto interés por una obra que reflejaba la sociedad de su país con tanta intensidad. 

Philip Roth ha muerto hoy y, para todos los lectores, es como si se muriera alguien cercano. Es el poder de los libros, de la literatura, que nos acerca a gente tan lejana en la geografía, aunque tan cercana en la emoción y el arte.


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