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El traje blanco de Henry Fonda


Reginald Rose imaginó un espacio claustrofóbico, una pequeña habitación con dos ventanas que no abren bien. Imaginó el día de más calor del año, una inminente tormenta y un ventilador sin funcionar. El aire del cubículo se vicia con el humo de los cigarrillos. Todos fuman. No ha llegado todavía el momento de la prohibición. El grupo de hombres atareados no se conoce entre sí y se sientan alrededor de la mesa, la mayoría de ellos con prisas. Tienen negocios que atender y partidos que les emocionan. Un guardia ha cerrado la puerta de la habitación desde fuera. Como si tuvieran que examinarse de una oposición y eso fuera la encerrona. Algunos están de vuelta, otros son novatos. Son todos hombres. ¿No había mujeres en los jurados de los años cincuenta?. Cada uno de los jurados tiene un número pero pronto podemos asignarles una definición, algunos adjetivos, podemos señalarlos y distinguirlos: El jurado número 1 es el presidente, el 2 es un simpático gafitas, el 3 un hombre adusto que me recuerda a mi vecino Ambrosio, el 4 un tipo muy serio y cuadriculado, el 5 un chico de suburbio, el 6 un trabajador manual con camisa de manga corta, el 7 un viva la vida aficionado al rugby, el 9 es un anciano reflexivo, el 10 está muy resfriado y es gruñón, el 11 es un relojero procedente de la emigración europea, el 12 se dedica a la publicidad y no se olvida de ello. 

Falta el 8. El jurado número 8 lleva un impoluto traje blanco de lino, apropiado para el calor del verano. Es elegante, discreto y tiene ojos penetrantes. ¿Se cree usted muy listo? le dice alguien. Los tipos como usted me dan náuseas, añaden. Sólo quiero que hablemos, contesta. Para qué, le dicen. No hay una sola razón, afirma. Es un listillo, piensan. Algunos jurados empiezan a impacientarse. Prefiero que sea un caso de asesinato, dice uno. Es más claro que un robo o un asalto. Siempre tiene que haber uno que meta la pata, dice otro y piensan algunos más. Tendremos que hablar, reitera el jurado del traje blanco, el número 8. Me enferma oír hablar a los abogados, había manifestado un reticente. Casi me duermo, añade. 

Entonces empieza la cascada de hechos, la cascada de seguridades que chocan con las convicciones de casi todos. Yo supe que era culpable desde el principio. Lo pensé desde el primer momento. Cuando se van desmontando uno a uno los hechos supuestos y la credibilidad de los testigos, entonces solo quedan emociones. Es culpable porque lo digo yo. Es culpable porque tengo prisa. Es culpable porque tiene cara de culpable. Es culpable porque los hijos son malvados con los padres. Es culpable porque es un chico de suburbios. Es culpable porque lo dijo el ayudante del fiscal. Es culpable porque así lo creí. Es culpable porque ¿y por qué no? Hace un calor asfixiante. La tormenta ha descargado. El ventilador ha comenzado a funcionar cuando la luz se enciende. El hombre del traje blanco suda y habla de cosas que quizá se olvidan demasiado: la presunción de inocencia, el valor de las pruebas, la necesidad de no prejuzgar, el papel de los juristas, la importancia de los testigos, la Constitución y los valores que consagra...Habla de todo esto y al final desciende solo las escaleras. Davis, arquitecto, tres hijos, vestido de blanco. Solo.

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