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Tres años


(Foto: Dorothea Lange)

Hemos estado juntos tres años y ahora ya no sé qué hacer contigo. Si fueras un libro lo tendría claro. Cualquier aparador de madera maciza, de esos que tienen puertas acristaladas, llaves enormes y unas baldas espesas y cansinas. Allí estarías sin que nadie adivinara tu presencia, sin que nadie te leyera, sin que nadie escudriñara en tu interior. Eso te gustaría. 

O un adorno. Un broche antiguo, de plata quizá, lleno de pequeños arabescos. O una pulsera heredada de alguna tía lejana. O unos pendientes de cristal, violetas, tal vez azules, verdes. O un pesado collar con tres vueltas, demasiado ostentoso, demasiado presente. Te guardaría en una caja forrada de terciopelo oscuro, con un pequeño pasador en uno de los bordes, una caja sencilla pero sólida, de la que no fuera posible escapar ni perderse. 

Pero eres un hombre. Así, sencillamente. Un hombre que ha vivido conmigo los tres últimos años. Que sabe como soy o que lo intuye. Que ha perdido las horas en contarme su vida. Que ha escuchado mis días y mis quejas. Que ha querido, quizá, corresponderme con algo que tuviera una flor de ternura. Un hombre y ya no sirves. No te entiendo y no quiero intentarlo. No me sirves, esa es la realidad, aunque esté feo. 

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