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Nueve escritoras en la oscuridad


(Elizabeth Taylor. 1912-1975. Una vista del puerto. La señorita Dashwood)

Ana y yo disfrutábamos de un alegre mediodía de compras y luego, en el almuerzo, después de hablar de la vida y de la moda, nos hemos adentrado en el territorio intenso de la lectura y los libros. Así han salido a relucir los nombres de aquellas mujeres que ahora leo y que antes no conocía. ¿Cómo es posible que estas escritoras hayan permanecido ocultas? ¿Cómo es posible que sean tantas? Ambas preguntas se han lanzado al aire y se han quedado sin respuesta.


(Stella Gibbons. 1902-1989. La saga de Flora Poste)

Podíamos hacer el esfuerzo de contestarla pero no estaríamos de acuerdo en los motivos. Sin embargo, me estremece pensar que sin el esfuerzo de las editoriales independientes (cada vez más activas en España, cada vez más prestigiosas y más creativas), no hubiera llegado a nosotros toda esta literatura de calidad, maravillosamente escrita, tan variada de temas como alta de emociones. En los últimos años he descubierto algunos escritores pero nada que ver con el larguísimo listado de mujeres que escriben y que no habían salido a la luz, al menos para nosotros, los lectores en castellano. 


(Lucía Berlin. 1936-2004. La más joven de todas. Manual para mujeres de la limpieza)

La cosa quizá podía tener alguna explicación si habláramos de autoras del siglo XIX (ni se me ocurre mencionar tiempos anteriores) pero no se da el caso. Todas las que aquí cito han nacido y vivido en el siglo XX y todas han llegado al último tercio. Tendré que darle la razón a los (las) que se quejan de la discriminación femenina también en este campo. O quizá es que los hombres se ayudan a sí mismos y se publican a sí mismos. El caso es que veo tantos mamarrachos escritos por autores, algunos de los cuales han alcanzado inmerecida fama, que se me cae el alma a los pies con esta suerte de oscuridad femenina tan numerosa. 


(Elizabeth Jenkins. 1905-2010. Harriet)

¿Por qué? Quizá se trate de una simple cuestión de interés comercial. Las editoriales más importantes no han considerado necesario o rentable traducir a determinadas autoras. Siempre mujeres, eso parece al menos. Pero sería una explicación demasiado sencilla. Y en estos temas esa sencillez no es siempre la mejor forma de interpretación. Se introduce aquí una línea de discusión que no es nueva pero en la que habría que incidir. Las editoriales comerciales y sus gustos literarios. Las editoriales independientes y sus apuestas. Podía pensarse que estas últimas actúan como impulsoras de productos de arte y ensayo, de libros para minorías y que las comerciales tienen el terreno abonado para lanzar best-sellers. Sin embargo, algunas realidades contradicen todo esto. 


(Bernice Rubens, 1923-2004. Con el traje de los domingos)

Una de esas realidades es que estas autoras que han salido a la luz con el esfuerzo independiente son divertidas, punzantes, dichosamente fértiles en libros llenos de interés, libros que cualquiera leería, libros que se convierten en reyes del boca a boca. No es cosa, pues, de públicos selectos. Más bien, de inercia cómoda, de incapacidad para rebuscar donde se debe, de ideología. Sí, de una ideología que quiere andar sobre seguro y que desconoce el riesgo. Muchas veces, las editoriales comerciales quieren amarrar sus resultados y por eso no se lanzan a publicar todo aquello que no está testado. He aquí un asunto para nada baladí. 


(Barbara Pym. 1913-1980. Mujeres excelentes. Amor no correspondido)

Algunas de estas mujeres escritoras tienen en común el haber comenzado a tomarse en serio la literatura cuando ya habían recorrido una parte de sus vidas. Son escritoras tardías, en cierto modo. Otras, sin embargo, llevaban toda la vida escribiendo, aunque no tenían demasiadas esperanzas de reconocimiento público pues para ellas esa escritura era una especie de vitalidad interna, de pulsión hacía sí mismas. En todas, hay un ferviente deseo de ajustar cuentas con la infancia, con la emocionalidad, con algunos sentimientos humanos que admiten interpretación y, sobre todo, narración. 


(Beryl Baindrige. 1932-2010.Lo que dijo Harriet. The Dressmaker)

A pesar de todo lo anterior, sus estilos son muy diferentes y también sus temáticas en cierto modo. Algunas arrojan una pátina de humor a los escritos, que los hacen digeribles a pesar de que encierran terribles realidades. Otras se inclinan por lo trágico, por el drama o por lo negro. En eso de la novela negra hay nombres que no hace falta escribir para saber que son los claros referentes y son mujeres. También hay quien coge su vida, la trocea y la desmenuza, como si fuera un guiso, y pone por delante de nosotros los menudillos, la piel, los huesos, para que degustemos una infancia perdida o una adolescencia difícil. 


(Penelope Fitzgerald. 1916-2000. La librería)

Una especie de justicia divina ha catapultado a varias de ellas al Olimpo del conocimiento popular. Ha sido una labor de boca a boca literario o, quizá, del cine. El cine ha redimido olvidos y ha puesto sobre la mesa esto que decimos, dónde estaban, por qué no sabíamos que existían. Es el caso de La librería y de Penelope Fitzgerald. El caso, también, de Lucia Berlin y su curioso libro de relatos, seleccionados de entre los 77 que escribió. Son excepciones. El gran público sigue sin conocer a muchas otras. 


(Anita Brookner. 1928-2016. Un debut en la vida)

Hay bastantes más de nueve. Esto es una pequeña muestra. La selección solo tiene que ver con mi memoria inmediata y con mis descubrimientos recientes. Me pregunto ¿cuántas mujeres escritoras siguen en la oscuridad ahora mismo? ¿dónde están? ¿quiénes son? ¿por qué?

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