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El muro


(Nina Leen. Beauty Lessons para Life Magazine)

Una vez frecuentó un muro de Facebook que era como un corral de lobos. Imagina un reducto cerrado en el que sueltas a especímenes muy distintos, todos enfrentados y todos ansiosos de merecer atención. Ellos, por un motivo parecido al ego. Ellas, por ese motivo eterno que no hace falta explicar. Todos, casi todos, disputando una presa que, en realidad, no estaba en almoneda. 

Participar de un aquelarre semejante la dejó exhausta. Las redes sociales se vuelven insociales cuando su principal objetivo se pervierte. Cuando no sirven para comunicar sino para disputar y zaherir. Ella no había entendido todavía que la competencia no es solo una cuestión voluntaria sino que, sin haberlo buscado y sin saberlo, puedes verte incluida en un mercado persa en el que todos los productos tienen un precio. 

Las secuelas de aquella brutal exposición de aves de presa, de mediocres al alza, de faltos de voluntad sin remedio, no se hicieron esperar. El resultado más inmediato es que, todavía ahora, casi tres años después, rehuye toda discusión y únicamente está dispuesta a compartir libros y letras. El corazón, en su compartimento. Las aflicciones, en su reducto. La emoción, siempre a salvo. Cuánto pudo haberse ahorrado si su guía hubiera sido la intuición del peligro y no la atracción de una luz artificial que, al salir el sol, se apagaba como el farol de las calles de la ciudad antigua. 

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