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La maestra


   Tenía una voz asombrosa. Un punto chillona, pero, en muchos momentos, cálida y firme. Te daba seguridad oírla, era el elemento que cohesionaba el aula, la perfecta directora de una coreografía diaria que convertía a las niñas en actrices de una película sin guión. Iba tan bien vestida que parecía una actriz. Las rebecas de punto, las faldas tubos, los jerseys de cuello a la caja. En los tiempos de calor, unas blusas de colores pastel con adornos de pequeños encajes y otras fruslerías. Zapatos de tacón, bien asentados en el suelo, firmes pero sonoros. Tac, tac, tac, repiqueteaba a su paso. Tac, tac, tac, movía las piernas con un ritmo envidiable.
 Debía ser guapa aunque no se casó. Tuvo un novio de muchos años, un novio fotógrafo que no estuvo a la altura. Ella era más lista, más inteligente, más lúcida y más atrevida. Así que el novio se convirtió en una sombra, primero, y luego en una ausencia. El recuerdo de sus manos es el más latente: unos dedos perfectos, que agarraban la tiza como si fuera una cucharilla de plata para mover el té. Las uñas bien dispuestas, rojas, siempre tan rojas que destacaban sobre el verde de la pizarra y el blanco de los cuadernos. Era una mujer de su tiempo y aun de tiempos venideros. Amaba el teatro, los recitados, los poemas, las caligrafías perfectas y la imaginación desbordante.
   Ella misma era todo eso. Y repartía, con generosidad, porciones de su vida sin que le supusiera ninguna pérdida. Una mujer excelente, habría dicho con entusiasmo Barbara Pym. 

(Fotografía de Robert Doisneau. Gentilly, 1912- París, 1994)

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