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Hombres malos

Cerró el teléfono y sintió el dolor. Justo ahí, en la boca del estómago. Parecía que iba a subirse arriba, en forma de náuseas, como una oleada de malestar que no podía detener. Repasó las palabras que él había pronunciado con indiferencia, como si no significaran nada. Las palabras que contenían sus planes próximos, su viaje de vacaciones con una mujer, su acostumbrada frivolidad para decir que no tenía más remedio que hacerlo, que lo invitaban, que eran compromisos. Su habitual manera de aparecer como una víctima de las circunstancias, alguien que se ve obligado a disfrutar de la vida contra su voluntad. Los imaginó entonces riendo, haciendo fotos y subiéndolas a las redes, allí en esa ciudad que recorrerían del brazo, ajenos a todo, ajenos a ella y al dolor que le recorre la espalda sin tregua. 

Cerró el teléfono y se dejó caer en una butaca junto a la ventana. A través de la calle veía la quietud de la mañana de domingo. El suelo húmedo de la lluvia, los árboles silenciosos y prestos a saltar de nuevo en cuanto el viento los convocase. Se sentó y dejó que las lágrimas cayeran con suavidad, que arrasaran su rostro y que se metieran en los sitios más inverosímiles. Detrás de las orejas, sobre las manos, a ambos lados de la nariz, en la boca. Sorbió sus lágrimas y estaban saladas como siempre, o quizá no, quizá eran lágrimas amargas, muy amargas, como un cóctel de mentira, mezclado con desengaño, con ausencia y con falsedad. Todo lo que él significaba. Supo que todas sus palabras se habían deslizado a un vertedero en el que flotaban como despojos. Todo lo que ella era y le había ofrecido se estaba desintegrando y no quedaría nada en poco tiempo. 

Cerró el teléfono y borró la llamada. No quería conservar ningún vestigio de aquella conversación. Él había conseguido su objetivo de nuevo. Lograr que ella pareciera una mujer absurda, ridícula, que mendigaba atención. Una mujer equivocada, triste, perdida, sin remedio alguno. Él había deslizado palabras que merecerían una respuesta airada, un portazo, cruzar la calle y no mirar atrás nunca más, no ver jamás esa silueta llena de juegos escondidos. Pero solo cerró el teléfono, solo lloró, únicamente borró la llamada y después, como en tantas ocasiones, quizá ahora mucho más, escribió su dolor y supo que tenía que conjurarlo con la vida. No sé quién eres, pensó. No sé por qué una vez pensé que había bondad donde solo hay un frío y consistente olor a egoísmo. 

(Fotografía: Brassaï. París. 1933)

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