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Nora, en el frío


(Retrato de Lady Margaret Alice Leicester-Warren. Philip de László. 1869-1937)

Lo único que sabía es que el vestido era tan ligero, tan sutil, tan fino, que no conseguiría resistir hasta el mediodía sin cubrirse con una espesa, enorme capa de terciopelo, forrada de piel, enorme, digna, fuerte, resistente. La tibieza del vestido, su delicado color rosado, el lazo de raso que ondulaba sobre la cintura, no eran suficientes, no serían bastante para ese día que había amanecido cortante, duro, con una dureza de hielo, con un aire de estalactita que no podría derretirse hasta que, pasados unos meses, el verano se impusiera sobre aquella frialdad. 

Por eso, porque nota el tacto de la amargura como si fuera una piedra que estuviera compuesta de cristal, Nora deja a un lado el libro que está leyendo y lanza la mirada al exterior, a través de la ventana entreabierta, buscando que el aire se convierta en llama, que los resplandores del fuego logren sofocar la sensación de ausencia. Unas palabras del libro la han puesto en alerta, unas frases escritas al azar sin que el poeta supiera que, muchos años después, alguien como Nora, vestida de rosa claro, con lazada azul y manos desnudas, iba a encontrarse de repente con ellas, sin entenderlas al principio, sintiéndolas después, convenciéndose, al fin, de que el poeta sabía que, tarde o temprano, el frío llegaría sin avisar. Y traspasaría el vestido. Llegaría al corazón. 

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