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Rendición


Tal vez una certeza hubiera bastado. Una pequeña y clásica certeza. La llamada del sentido común, un buen consejo. Quizá la madre, sentada en un sofá de piel oscura, podría contar lo que sabe del caso y concluir que nada es sencillo y que el amor es una masa llena de aristas. Una amiga, muy experimentada, tendría que asegurar que, en su experiencia, todo lo que se dice son mentiras y que nada pervive y que los ojos tiemblan porque saben de sobra que se va a terminar antes de tiempo.

Las horas de las dudas son las que germinan en palabras transidas de dolores perfectos. Alguien contó en un rato de asueto en el trabajo, que las dudas son cosa de filósofos, que la gente normal no puede permitírselas, que si dudas, entonces estás muerto, lo habrás perdido todo en cosa de un instante. Puede que una película, un argumento vano de esos que alguien escribe en un trasnoche, te dé razón y seña de las causas, de los motivos y abone la ilusión de que nadie es perfecto, pero que nada es tan difícil como para perder los nervios en un día sin cascadas y sin ritos.

Te acostumbraste a ser parte del decorado. Una parte pequeña, sin demasiado sitio, ni importancia. Una esquina, tal vez. Un trozo de brocado del que pende una borla. Un hueco que se esconde sin que nadie lo vea. El atrezzo que adorna al actor principal. Una mínima estrella bordada en un vestido. Un lazo que anuda el zapato de moda. Cualquier cosa de la que nadie entiende, con la que nadie cuenta, a la que nadie admira. Te acostumbraste a serlo y ahora, que te arrepientes, te encuentras con que es tarde. No se puede pedir que te tomen en serio cuando tú te conviertes en un payaso triste.


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