Ir al contenido principal

Impaciente alegría


Se diría que es la juventud el momento caótico de la risa, el tiempo de los ojos entrecerrados a la espera del estallido. Pero entonces el hombre está perfectamente ocupado en sufrirse a sí mismo, en detestar a sus padres y en poner de manifiesto lo malo que le adorna. Así que los niños y los adolescentes viven en perpetua mutación de posturas, hoy me aguanto, hoy no me soporto, mañana quiero que desaparezcas de mi vista. Se habla entonces de la muerte como si fuera un agradable estado desde el que uno contempla la vida de los otros, incluso con un deje fantasmal pero positivo, lindo y revestido de un perfumen ensordecedor muy lejano del llanto. No dura demasiado el olor de la rosa porque, superados los quince, el tiempo se acelera y se va acercando inexorable al momento de la juventud inconclusa, al sitio en el que no sabes situarte porque lo que debía haber llegado no llegó y lo que viene, no se le espera. 

Se pasa uno la vida esperando que algo ocurra. El advenimiento de la felicidad siempre parece pronto a producirse. Pero llegan los treinta y entonces hay una cierta frescura que ha ido desapareciendo sin que lo percibas y las horas se alían para convertirse en segundos y los segundos son gotas frescas de la mejor lluvia. Tendrás que caminar muy deprisa, piensas, esto se agota. Más pronto que tarde llega la madurez y esta es antesala del final y el final, sin apelación, termina llegando. La risa que te acompañaba apenas cuando tus ojos infantiles miraban el mundo, ahora se hace franca, más que nada por la absurda manía de esperar lo que no existe y porque el teatro de la vida te hace cosquillas en cualquier parte de tu cuerpo. Tienes un cuerpo. Y lo sabes. 

Pagado el peaje de las uniones felices, deshechas las camas, abiertos de par en par los besos, entonces los hijos te recuerdan que fuiste, que tienes detrás de ti tanto bagaje como les queda a ellos y que si no reíste has perdido ya el tren y la estación está cerrada por reformas. Entrados en el tiempo de las horas más lentas, de las horas más plácidas, de las horas más turbias, se elevará ante el llanto una promesa, la de vivir la impaciente alegría de buscar motivos incluso en el silencio más rotundo. La risa tendrá el mayor espacio y cuando llega el mejor recibimiento. Porque al fin es todo lo que tienes. 

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes