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Días de libro sin rosas

Camino a mi paso (leve, a veces; en otras ocasiones, rápido; incluso moviendo las caderas como las modelos) y recorro la Ronda de Triana y luego sigo por López de Gomara y bajo por República Argentina. Sé lo que busco y adónde voy. 
Todo el camino el móvil va lanzando el alegre traqueteo del whatsapp. Esta mañana, no demasiado temprano, he enviado a mis contactos lectores y a alguno en vías de serlo (lector, digo, no contacto) una solemne felicitación: Feliz Día del Libro. A

Así que ahora están saltando al aire las respuestas pero no las leo, siguen sonando en el móvil y lo hacen casi al compás de mis pasos. Me acompañan todo el recorrido. 
Llego a la librería y esa librería ya no es la que era. Ha cambiado de título y de dueño y ahora luce un nombre extraño, algo así como un gato en el palomar o una bicicleta que vuela, no recuerdo. 
Para llegar a ella tengo que pasar por una pizzería que me trae un recuerdo absurdo y ridículo. Nubes oscuras en un día de sol radiante. Bah, ninguna nube oscura pesa en el baúl de los sueños vividos. Son basura radiactiva, cuentos de brujas y de ogros. Bah. Sigamos. 
Ahora que lo pienso, debería felicitar a mi twitter-amigo Juan. Pero no con un libro, sino con una brutal melodía de Bruce Hornsby, que tendría que buscar en Internet o como fuera. Al fin y al cabo, para él Hornsby es lo mismo que para mí Jane Austen: un bálsamo contra el desasosiego. Pero eso será luego porque ahora me enfrento a la tarea, tan grata, de elegir un libro. 

Hoy hay una excusa. No eres una manirrota, que gasta compulsivamente, piensas, que compras libros uno tras otro porque tu bibliofilia te excede. No. Hoy hay motivo. 
El dependiente es un muchacho atento y servicial. Tiene una amplia sonrisa. Contra lo que suele suceder hay tres o cuatro personas en la caja, esperando para pagar. Es el Día del Libro. Domingo con una librería abierta. El paraíso. Pero no te necesito, pienso, mirando al dependiente con naturalidad. Sé lo que busco. Lo que no sé es si lo encontraré. Busco un libro que, en el día de hoy, me va a salir al encuentro.
Hay suerte. En una esquina, mezclado con otros libros que ya he leído, no en los expositores privilegiados donde están los más vendidos, allí, en esa esquina, está el libro. Es una editorial que no conozco y tiene un delicioso título y una portada elegante. 

Este es, pienso, no hay que buscar más. Ese momento me emociona. Me imagino sentada en mi casa, con el libro a punto de abrirse, con las palabras a punto de saltar. El muchacho dependiente hace un comentario amable. Y me cobra con alegría. Así deben ser los libreros, gente alegre, que transmita la felicidad de comprar y vender libros. 
Imagino entonces, en mi mejor fantasía de estos años, que una vez mis libros están en esos estantes. Y que entra alguien cansado de vivir, quizá con angustia, o alguien que ha descubierto una ilusión, o alguien bondadoso, o alguien lleno de dudas. Y encuentra mis libros y entonces los compra, los lee y mira mi nombre en la portada y la pequeña reseña de la página de atrás. Y observa las palabras y las cuida, como yo ahora con esta novelita de Fontane. No lo conozco.

Buenos días, señor Fontane. Feliz Día del Libro. Feliz libro, debería él contestarme. 

Catorce euros y una bolsa de plástico y luego volver a casa por otro camino, con el mismo paso ágil, pero quizá más contento, más lleno, porque ya no vuelvo sola. En realidad, no he estado sola en ningún momento esta mañana. Libre, eso sí. Pero sola, quizá. Libre, pero sola, pero libre.

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