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Devuélveme los versos que te escribí una noche

No lo hubiera creído. Incrédula, moviendo la cabeza sin reparar en ello, dudosa, fuera de cobertura, allá lejos de todo, cuando hasta el aire tiembla, recibe la evidencia de que también en esto él le mentía. Sus mentiras pequeñas, sus mentiras absurdas, sus mentiras ajadas, sus mentiras precisas, sus mentiras piadosas, sus mentiras perdidas, sus mentiras oscuras, sus mentiras dudosas, sus mentiras...alcanzan hasta el borde de los sueños, lo más puro que tuvo por llevarle. 

Una palabra tuya bastaría pero se equivocó y lo hizo inútilmente. Los errores consisten en hallar un camino que no conduce a nada. Confiar en que los ojos tienen brillo de huellas verdaderas. Esperar que el calor de las miradas tengan razón de ser pese a la noche. Pero si la mentira se abre paso, si la mentira huelga sus razones, si la mentira existe, si la mentira brilla, si la mentira avanza...entonces las palabras se congelan, se pierden, se marchitan, se acobardan, se adueñan del silencio, se terminan, se acaban, se mueren. En soledad se mueren las palabras. En soledad se marchita el silencio. 

Una mano invisible la aprisiona. Envuelve el corazón, no deja que respire. La angustia vuelve a recordar que existe, que es, que no se ha ido, que volverá sin duda. Y la risa se agota y se convierte en agua. Y una mueca sin vida, un gesto abandonado, la desidia terrible de quien no ama ni siente, de quien busca en los otros los afanes que añora, que no posee, ni vive, esa fugaz, funesta, peligrosa aventura, se convierte en un lobo que araña los sentidos y que traslada al sueño la vergüenza de doblegar lo puro.

Pero la tarde traerá nuevos sonidos. La esperanza nacerá de nuevo. Y aquellos que mintieron amanecerán solos. Sin resguardo, ni besos en el aire, ni besísimos llenos de ternura, sin colores, sin nada. Condenados. 

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