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Tus ojos

Cuando la solitaria rosa de tu aliento ya vivía en una penumbra equivocada, cuando las manos eran como alas de gaviotas, lentas y posadas la mayoría del tiempo, aún tus ojos conservaban la risa, esa cualidad de tu mirada que era inconfundible. Mirada de frente sin perfiles vacuos, mirada inocente y plena a la vez. Mirada tierna, alada, limpia, irónica, valiente. Tu forma de mirar, sin el recelo de los que anuncian calamidades, de los que injertan soledades en la vida de los otros, de los que portan emociones tóxicas para hacer más difícil la existencia. 

Tus ojos facilitaban la conversación, abrían caminos. Eran de verdad tanto como la mentira se alejaba siempre de ti por no encontrar hueco donde hacerse presente. Tus ojos tejían un universo de afectos en torno de tu vida y así era posible hallarte en cualquier sitio, como un eslabón de ilusiones que nadie antes que tú hubiera osado imaginar. Así eran tus ojos, con su tenue claridad dorada, ese toque de humor leve pero preciso, la inteligente vigilancia de científico que sobre el mundo alzabas, la búsqueda, en suma, de lo que siempre quisiste encontrar: un halo de felicidad que fuera suficiente para todos. 

Cuando te fuiste y cerraste los ojos para siempre, en ese momento crucial del adiós, cuando la madrugada se hizo témpano, y ya nada se enciende, ni las luces; cuando un blanco sudario te acompaña, cuando los llantos cruzan la noche y el sueño se escapa y las manos se entrelazan buscando un calor impreciso, entonces, en ese instante, me pregunto qué blanca algarabía cruzaría tus ojos, qué recuerdo vago se aposentaría en ellos para el último y fugaz viaje. Qué recuerdos te llenarían, se harían contigo eco del camino a emprender.

Así, ahora, tus ojos, el secreto, el más dulce de todos, el secreto, tus ojos, agua clara contra la desazón, un crepúsculo cualquiera en un mar de olivos, verdes ellos,  dorados, en la quietud de ahora que ya no estás y no hay abrazos que desvelen sus sueños.

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