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Escena de alcoba con espejo al fondo


Una vez que iba a acabarse el mundo las hijas permanecieron encerradas con la madre en una habitación durante horas. Era el cuarto de los padres y estaba siempre cubierto de una pátina de misterio. En esa alcoba pasaban las hijas el sarampión y las paperas, los resfriados y las gripes y allí jugaban a las palabras, a contar cuentos o a cantar canciones de pena cuando la lluvia se volvía tan pertinaz que no era posible ir al colegio. Pero ellas intuían que ahí "ocurrían cosas" que les estaba vedado conocer, que pertenecían al mundo de los mayores, al terreno de lo sublime. Todos los días se preguntaban qué significaba amar y ser amadas. 

Había en ese cuarto una peinadora con un espejo grande, ovalado, alto y con aire modernista. Delante del espejo las hijas ensayaban posturas, sonreían, fruncían los labios y pensaban en que, algún día, un beso de película las transportaría al paraíso del amor. En el espejo se reflejaban los rostros de los chicos del momento, aquellos que eran amados por ellas con suerte desigual. Entonces, un haz de ardorosa luz les recorría la espalda y se aposentaba en sus caderas y se movía de un sitio a otro de su cuerpo. Mientras, en el jarrón de cristal de la esquina, se sucedía ausente el devenir de las rosas.

La peinadora tenía muchos cajones y en su superficie se posaban los delicados objetos que sólo usaba la madre, que las hijas no podían tocar: la bandeja con el cepillo y el peine, el perfumador, la polvera, la talquera de color lavanda que estuvo muchos años vacía, una cajita con un lápiz para las cejas y una barra de labios rosa pálido...En los cajones las hijas habían descubierto, sin permiso, objetos extraños, difíciles de identificar y de los que no hablaban a la madre, algunas fotos de gente que no conocían, cartas descoloridas, pañuelos, unas piedras de colores, las muñequitas de trapo que la madre hacía con restos de telas... 

Lo más destacado de la alcoba era la gran lámpara de araña que pendía del techo en un equilibrio oscilante y complicado. Parecía que estaba siempre a punto de caerse y las hijas se subían encima de la cama, saltaban sobre ella descalzas y, con los ojos cerrados soñaban con que se deshiciera en lluvia. Una lluvia que las anegara y humedeciera, al fin, sus finos vestidos de verano, de telas suaves y colores tenues. 

Sus minúsculas gotas de cristal se movían con el viento y desprendían un polvillo muy ligero. Era imposible que aquella lámpara estuviera totalmente limpia, decía siempre la madre. Y así era. En un momento dado, sin saber muy bien el motivo, la gran araña había sido trasladada desde el comedor a la alcoba de los padres. Allí recibía directamente la luz que llegaba de la ventana y cambiaba de color, porque  a veces era parda o rosa o amarilla, según la hora del día y la estación del año. En las tardes de los veranos, cuando el poniente ponía algo de fresco en el ambiente tórrido, la lámpara movía sus cristalitos con el soplo de aire que le llegaba, sonando entonces una música repetida, un tictac suave y sin final, que podía llegar a adormecerte. 

La gran araña era, por eso mismo, la luz más nítida que recordaban las hijas al crecer porque en su memoria no quedaba apenas nada más, el tiempo había vaciado los recuerdos y los habían reducido a ese tintineo monótono. Cuando los años pasaron y la casa era sólo un paisaje lunar en los sueños de todas, ellas continuaron recordando el tictac, el sonido especial de los cristales de la lámpara, empujados por el viento de levante, por el poniente, por el viento sur... 

Al llegar la tarde de ese día en que iba a acabarse el mundo y después de comprobar que el mundo no se acababa (porque oían el runrún de las vecinas y el movimiento de los coches en la calle) las hijas abandonaron la habitación y volvieron a salir muertas de risa. Con los ojos llorosos de reír corrieron a lo largo de la calle, entrando y saliendo de casa en casa, esperanzadas de que las cosas no fueran a terminarse tan pronto para ellas, que aún no habían conocido los secretos de la vida y lo que el futuro les deparaba.

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