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Mostrando entradas de agosto, 2016

Recuerdas el color de las olas....

( Charles Conder. Pintura)  Recuerdas el color de las olas. Se complacían en encontrarse unas y otras sin miedo, con total osadía. Tu padre arribaba a la playa muy temprano y dejaba allí esa preciada carga de las hijas, dos a lo más, casi siempre una, que contemplaban extasiadas el amanecer del mar. Ese mar tenía aire salado. Sin construcciones, sin casas ni bebidas, sin sombrillas, sin casetas de lonas rayadas, ni chiringuitos, ni escaleras, el mar solo, tan solo como esa figura que se sentaba a verlo cada día.  La arena se doraba con el paso del tiempo. Las horas transcurrían limpias de ideas y de mentiras. Todas ellas se escribían con alguna ilusión que nunca llegaría a convertirse en algo. Era la nada sentida y vivida así, frente al mar, azul eléctrico en ocasiones, las más en verde cristalino, grises dorados al caer el mediodía, estallante de luz y de calor incierto. Era el mar y ya tú presentías que un día ibas a echarlo de menos tanto como a su figura, de beige y bl

Cuentos para Francine van Hove: No

Él le dijo: “Te quiero”, con su voz dulce y rotunda al tiempo. Ella lo escuchó con reverencia y tuvo miedo. Supo que, después de esa frase, corta y definitiva, ya nada sería igual. Ya no podría fingir indiferencia, no podría inventar risas, no podría dibujar palabras imposibles, no podría atesorar lágrimas sin que él lo supiera. No. Después de aquello no valdría nada, salvo enfrentarse a todo. Enfrentarse a su propio corazón y al suyo. Aunque él no lo sabía. No sabía la respuesta de ella e imaginaba que las cosas transcurrirían como otras veces. Juego, deseo, quizá un poco de amor pero no mucho, sexo, fuego que se va apagando, desamor, aburrimiento y lucha. Y el adiós. Ese laberinto de sus pasiones que se iba repitiendo una y otra vez. Esa acusación que todas le hacían de que jugaba con la vida. Ese cansancio de verse en una ruleta que ya nunca podría pararse.  Ella le contestó, mirándolo a los ojos: “No”. Y repitió despacio: “No”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque

Cuentos para Francine van Hove: Intimidad

Anna, Katia y Ruth estaban disgustadas. Se movían con sigilo mental. Sus cabezas tenían demasiadas cosas dentro, tantas que no se distinguía lo bueno de lo malo. Anna estaba cansada de alguna gente, Katia se sentía fea y Ruth tenía miedo. La tarde era bellísima. Todavía el verano no había dejado su estela a favor del otoño y, aunque los días eran más cortos, se conservaba ese sonido cálido de las tardes abiertas a la vida. El encuentro de las tres siempre traía sorpresas. Novedades. Confesiones. Luchas. Confidencias.  Ninguna de las tres era feliz. Eso podía notarse si entrabas con cuidado en la conversación y atisbabas sus palabras en clave. Sobre todo, si mirabas sus ojos. Los ojos de Anna tenían una aureola gris, una especie de pátina que solo el insomnio provoca. Los de Katia se habían encogido y una pequeña sombra violeta los convertía en traslúcidos, del mismo tono que las lágrimas que derramaba a menudo. Por su parte, Ruth los mantenía casi cerrados, temiendo que los at

Cuentos para Francine van Hove: ¿Dónde estás?

Una vez recorría yo la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Mi corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy tierno en el escote que tenía forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y yo andaba sobre unas sandalias blancas que me hacían un poco de daño. Eran nuevas, solo para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido.  En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por mis gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que me amaba profundamente y al que yo abandonaría sin remedio unos días después. Nos separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incertid

Cuentos para Francine van Hove: Palabras de luz

Aprendí a leer sola. Pero, antes de eso, aprendí a hablar. Atribuirle nombre a las cosas, llamarlas por su nombre, pronunciar sus nombres. Hablaba en alta voz y mi mirada recorría los muebles, las calles, los espacios, los rostros, citando los sustantivos como si fueran tesoros recién descubiertos. Algunas palabras me parecían extraordinarias. Abubilla . No sabía qué era una abubilla, no he visto una abubilla nunca, pero el sonido era delicioso. Ese comienzo atropellado que recordaba la palabra abuela . Ese final pícaro, como si fuera un diminutivo. Abubilla.  Mi madre siempre me relataba que la gente no entendía cómo una niña tan pequeña podía pronunciar todas las palabras sin errores. Una vez sostuvo una discusión con una señora que se empeñaba en decirle que yo no podía tener tres años, que eso era imposible. Mi madre no olvidó nunca el incidente y lo repetía cuando había ocasión, en esos momentos dulces en los que comentaba las anécdotas familiares como si fueran hechos hi

Cuentos para Francine van Hove: El tercer hijo

Cuando era un niño lloraba mucho. Era un río de lágrimas imparables que desesperaba a la familia y que avergonzaba a su padre. Sus dos hermanos mayores, le decía, eran machotes, chavales fuertes que no tenían tanta pamplina ni eran tan tiquismiquis. Entonces, tras la regañina, él se dirigía a escondidas al regazo de su madre y allí seguía llorando un rato más, hasta que ella le daba una onza de chocolate y él se marchaba a rumiar su pena en otro lugar de la casa.  Era una casa grande y muy destartalada. Tenía un patio central y era de una sola planta. La fachada estaba encalada y la cubría una azotea espaciosa y abierta al sol. Una de esas casas de pueblo que se construyen sin criterio, poco a poco, según van naciendo los hijos. Por eso las habitaciones cambiaban de uso a cada instante. Cuando él nació hubo que hacer obras. Era el tercer varón en una familia que ansiaba una niña, así que no le hicieron demasiado caso, pero acotaron un tabique en un cuarto de plancha cerca de l

Cuentos para Francine van Hove: El autobús no espera

El autobús no espera. Se ha marchado. En medio del calor de la tarde de Corpus. Gente que se pasea, gente que espera, la procesión todavía no ha salido. Mucha gente. Yo sola. El autobús se ha ido y no he bajado. No he llegado a encontrarte después de tantos días, después de tantas horas de teléfono, después de tantas cartas, después de la incesante geografía de las manos, de los ojos, del cuerpo.  Nada. No he marchado a mirarte, ni a mirar la película contigo. Estás solo. El autobús no espera. Ya se ha ido. Y yo no. Yo sigo todavía en las calles, anclada entre la gente. No llevo mi traje de domingo, ni llevo mi sonrisa, ni llevo mis palabras, ni llevo mis deseos. No estoy, en realidad, no me he marchado. No he querido llegar hasta la plaza que tantas veces vio nuestros secretos, la plaza donde el suelo tiene el olor de pasos de quiénes no perdieron la esperanza de verse. Pero nada se ha escrito de nosotros y ya no somos nada. El autobús se marcha y te esperan mil tardes de lla

Cuentos para Francine van Hove: Todos los perros ladran al anochecer

Así que eso era todo: decir adiós sin más, sin otra explicación que el cansancio del tiempo. Nada de aquella chica rubia, nada de aquellos ojos verdes, nada de mi mirada triste, nada de mi cansancio, nada de mí...No tuviste piedad y tuve que marcharme, oírte era un imposible sufrimiento. Dejar atrás el mar, dejar la infancia, dejar la casa, dejar el corazón, dejarlo todo… Ahora sé que mi cura no vino únicamente por las voces amigas o por la edad (tan sólo veinte años). Fue la quietud del campo, las luces de neón, el suelo, tenso y tibio, el calor, las noches bañadas por un silencio fijo. Baeza me recibió como si yo misma fuera Machado, como si hubiera perdido a Leonor, como si tuviera que marcharme al exilio, como si mi madre preguntara entrando en la ciudad: "¿Llegaremos pronto a Sevilla?". Baeza abrió los brazos y entendió que llorara una semana entera, los siete días primeros de mi estancia, porque el amor se iba y yo no lo entendía.  Luego, vino la música, la

Cuentos para Francine van Hove: La enredadera

En la calle de mi infancia hubo una vez una casa hermosísima. Perteneció tiempo atrás a un marino que vivía solo. Era una casa especial, distinta a todas las demás, con un aire de misterio y soledad que te encogían el corazón al pasar por delante. A los niños les gustaba pararse y contemplar, con los ojos semicerrados, el efecto del sol en su fachada. Estaba pintada de blanco, con remates de color azul prusia y un zócalo alto de piedra ostionera. Sus grandes balcones se cubrían con rejas de hierro forjado y, en el centro de la puerta de entrada, oscura y amplia, había un precioso llamador de latón en forma de mano. La casa se cubría con unas amplias azoteas, como suele ser tradición constructiva en este sur. Las azoteas se comunicaban entre sí a través de unos muretes de baja altura. Debía ser una delicia recorrerlas, recibir el aire del sol en los días entrantes de la primavera, y sentarse allí, al abrigo, cuando soplaba el levante. La casa era muy grande. Tenía muchas y amplias h

Despedida sin beso

Durante un tiempo el sonido de su voz, un mensaje o un correo electrónico, abrían la caja de los placeres, activaban un resorte inigualable. Daba igual la hora del día o de la noche, la estación, el frío, el calor o la lluvia. Daba igual la pena o el silencio. Igual la mentira o la farsa. Las ocupaciones quedaban atrás y se abría una puerta que nunca pensó iba a traspasar.  Ella nunca lo esperaba. Siempre le parecía una sorpresa, un regalo. Era un regalo que venía sin merecerlo, que él le hacía y que llenaba todas las horas sin que nada pudiera comparársele. A veces había un previo aviso de horas o de días. En otras ocasiones, surgía de improviso. Y siempre el mismo ritual: Ducha, agua muy caliente, los ojos abiertos bajo el agua, el pelo que hay que frotar bien, el champú que huele tan agradable, esa crema para el cuerpo, que hace juego con el perfume. Las piernas, los brazos, los hombros, como si, en realidad, él fuera a acariciarla. Elegir la ropa, buscar aquello que más

Un vestido lavanda con fondo de ojos verdes

No diré ahora tu nombre porque desapareciste con la vida y estas palabras no vas a leerlas. Sé que andas por ahí, casado, con hijos, eres un triunfador. Entonces ya lo eras. Tenías una mirada perfecta, verde y atlántica, a pesar de que vivías tierra adentro y no eras un hombre de mar. Los hombres que han nacido en la mar no tienen ese ansía de mujer que tú gastabas. Más bien parece que el agua los limpia del exceso de deseo. Pero la gente de tierra adentro sabe muy bien cómo el abrazo es el pasaporte perfecto para la noche y el día. Para la mañana y la madrugada.  Había feria en no sé qué pueblo de las cercanías y tú me invitaste a ir contigo. Eso salvó la fecha de cualquier otra incidencia y la convirtió en la antesala de la gloria. Mi risa retumbaba desde el amanecer cuando el calor me apartó de la cama y me lanzó casi derecha a la piscina, tanta era la resaca de una noche baldía de descanso. El mediodía, pleno de confidencias, hizo que bebiera algo más de lo que podía s

"Ayer no más" de Andrés Trapiello

Hace unos días me prometí a mí misma no comprar libros que no vaya a leer de inmediato. Porque sucede que los guardas en una de las estanterías de "libros por leer" y se te olvida. No está bien olvidarse de un libro. Como no está bien olvidarse de las personas. El olvido solo está justificado en caso de desamor. Si sobreviene el desamor, el olvido es la única palabra que cuenta. Esa y "adiós".  Tengo que decir que para mí el mejor Trapiello es el de "Las armas y las letras" y es ahí donde he hallado los motivos para seguir su trayectoria. Este que comento ahora bien podría ser una novela, un reportaje, un documento de estudio, un texto para rellenar la inmensa estantería de "libros sobre la Guerra Civil". Se han escrito tantos que hay dentro de ese género otros sub-géneros, como este: "Memoria histórica". Casi todos nosotros podríamos escribir un libro así, o, al menos, rellenar algunos apuntes, tener algo que decir. En este ca

Gente andarina

El mejor y mayor adjetivo que se le ocurre a Caroline Bingley para ponderar a Elizabeth Bennet no es otro que este "es una buena andarina". Y todo porque Lizzy recorre los cinco kilómetros que separan su casa de Netherfield para asegurarse de que su hermana Jane se encuentra bien después del chaparrón de la tarde anterior. Tal despliegue de sentimientos fraternales se unen, por lo tanto, al gusto especial de la protagonista de ""Orgullo y Prejuicio" por las caminatas. En realidad y fijándonos bien el andar es uno de los placeres de las chicas Austen, sean estas las que sean. También Emma recorre el perímetro de su hacienda y llega andando hasta el pueblo, además de recomendar a su padre, el señor Woodhouse que haga todos los días ejercicio. Los ingleses son muy dados al aire libre, al deporte y a cualquier despliegue gimnástico, pero es especialmente destacable cómo la práctica del paseo y aún de la marcha se refleja con toda claridad en los libros de Aust

Epistolario táctil

Cuando leí este libro me divertí mucho. Ahora lo he releído y sigue divirtiéndome. Lo mejor de todo es el tira y afloja entre Leo y Emmi, que se relacionan por correo electrónico. Cuando las redes sociales eclosionaron hubo quien pensó que eso era la muerte del email, pero no es cierto. Las redes sociales propician una relación de uno con todos y, aunque existen los privados, la intimidad no es posible. Por su parte, lo mismo sucede con WhatsApp o Telegram o cualquiera de esos sistemas de mensajería en los que uno aparece en línea a poco que entra y ya te saturan de mensajes. Por no decir nada de los grupos que nunca dejan de sonar.  El correo electrónico es otra cosa. Un invento magnífico. Una manera de escribir cartas, de llevar un epistolario, con las condiciones de tranquilidad, intimidad y confianza que las cartas exigen. No hay inmediatez en la respuesta y puede uno conservar los que quiera y destruir los otros. Largos, cortos, mejor o peor escritos, un correo electrónico

"La edad ingrata" de Henry James

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario.  Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita.  Leer a Henry James es una delicia. Y "La edad ingrata" es buen ejemplo de ello. Me gusta además cómo este hombre realiza una introducción de lo que vas a leer con una cantidad de claves literarias y lingüísticas que me resultan tan interesantes como el contenido mismo. En el ejemplar que manejo (una edición de 1996 de Seix Barral-Biblioteca Breve), la traducción es de Fernando Jadraque. Tengo que decir, como tantas otras veces, que mi deficiente dominio del inglés me impide disfrutar de estas obras en versión original así que me tengo que fiar de las traducciones y los traductores.  La port

"Los niños tontos" Ana María Matute

Hay un ejercicio que me gusta hacer cuando llega el tiempo espacioso de las vacaciones. Nota al margen: que conste que escribí "despacioso" pero el corrector del Air me ha corregido a su vez y así ha surgido "espacioso" que es una palabra que también encaja a la perfección porque puede significar que hay espacio para todo, tiempo para aburrirse, que me decían cuando era chica.  Ese ejercicio es husmear por las estanterías de mis libros a buscar cualquier cosa que me llame la atención y que me haga detenerme. Hay libros que ni siquiera recuerdas haber leído, haber comprado o que te hayan regalado. Dedicatorias curiosas de gente que ya no está en tu vida o que nunca estuvo, a pesar de que te regaló un libro. Algunos de esos libros, sin embargo, encierran un significado muy especial.  Este es uno de ellos. Apenas tenía yo veinte años cuando lo leí, en esa edición de Destino de unos años atrás (la tercera edición, he de decir) y tengo en la cabeza la sensació

Azul, el azul, todos los azules

(Raoul Dufy) Brillas con el azul, pensó cuando observó que llegaba, con ese paso rápido, nervioso y lleno de preguntas sin respuestas. Brillas con el azul y por eso me asusta mirarte y descubrir que hay un motivo que antes de ahora no era. El día que descubrió que un algo súbito había cubierto su corazón de escarcha ardiente, él vestía de azul, el color que mejor se asemejaba con su voz y sus manos. Las manos son azules, pensó ella. Se mueven como si siguieran el ritmo de una canción no escrita, una melodía inventada, inexistente, invisible, única. La voz es azul, siguió pensando. Un tono diminuto con ecos del pasado que no quiere dejarse atrás por nada y con una leve, insignificante esperanza, trasunto de un alma dividida. No sé por qué, no sé por qué ni cómo, repetía.  Había amanecido azul-prusia y las horas siguieron azul-verde, color del mar y de la brisa que azotaba el río, canal arriba, esclusa, azul-cobalto, en ese tránsito de puentes en el que era posible verlo a ca

Escena de alcoba con espejo al fondo

Una vez que iba a acabarse el mundo las hijas permanecieron encerradas con la madre en una habitación durante horas. Era el cuarto de los padres y estaba siempre cubierto de una pátina de misterio. En esa alcoba pasaban las hijas el sarampión y las paperas, los resfriados y las gripes y allí jugaban a las palabras, a contar cuentos o a cantar canciones de pena cuando la lluvia se volvía tan pertinaz que no era posible ir al colegio. Pero ellas intuían que ahí "ocurrían cosas" que les estaba vedado conocer, que pertenecían al mundo de los mayores, al terreno de lo sublime. Todos los días se preguntaban qué significaba amar y ser amadas.  Había en ese cuarto una peinadora con un espejo grande, ovalado, alto y con aire modernista. Delante del espejo las hijas ensayaban posturas, sonreían, fruncían los labios y pensaban en que, algún día, un beso de película las transportaría al paraíso del amor. En el espejo se reflejaban los rostros de los chicos del momento, aquellos

He abrazado el alba del verano

Como si fueran noches sucesivas que no se detienen y que impiden que duermas, pobladas de desafíos y de insomnios duraderos, así los veranos ocurren y en cada uno de ellos encuentro una música que los define, una imagen que los fija en la retina.  Aquel verano del encuentro tibio, incertidumbres ante un paisaje desconocido y nuevo. Soledad conjurada. Un vacío que era menos con tus ojos, un juego que resultó ser falso. Esas promesas que nunca se cumplieron. Telas azules que nunca se usaron. Gestos imaginados que nunca tuvieron presencia. La vaguedad. Frívolas canciones que adornan esos días y arropan esas noches. Fuiste nada en aquel verano del encuentro.  El verano pasado con un descubrimiento. Calidez, suavidad, palabras que se cruzan. Encuentros y voces que en el aire se escribe con voluntad efímera de perdurar un día. De guardarse en el oído como sueños inconclusos. Confidencias. Todas las confidencias. Aquí estoy para verte. Estoy, soy, cómo estás. Me inquieta tu silen

Tus ojos

Cuando la solitaria rosa de tu aliento ya vivía en una penumbra equivocada, cuando las manos eran como alas de gaviotas, lentas y posadas la mayoría del tiempo, aún tus ojos conservaban la risa, esa cualidad de tu mirada que era inconfundible. Mirada de frente sin perfiles vacuos, mirada inocente y plena a la vez. Mirada tierna, alada, limpia, irónica, valiente. Tu forma de mirar, sin el recelo de los que anuncian calamidades, de los que injertan soledades en la vida de los otros, de los que portan emociones tóxicas para hacer más difícil la existencia.  Tus ojos facilitaban la conversación, abrían caminos. Eran de verdad tanto como la mentira se alejaba siempre de ti por no encontrar hueco donde hacerse presente. Tus ojos tejían un universo de afectos en torno de tu vida y así era posible hallarte en cualquier sitio, como un eslabón de ilusiones que nadie antes que tú hubiera osado imaginar. Así eran tus ojos, con su tenue claridad dorada, ese toque de humor leve pero preciso,

Tres años de las flores de estío

Sombreabas la casa con tus manos, a base de esas plantas que sembraste en un intento de ser el jardinero que el tiempo había alejado de tu oficio. Esas pequeñas cosas te distinguían de todos. Saber por qué soplando el viento sur la lluvia está cercana. Conocer el secreto de la vid y el olivo. Domesticar el suelo con estrellas cazadas en lo alto. Vivir con el aroma del mirto y de las rosas. Todo era verde en ti, verde trenzado en tiempos que ya nunca volviste a conocer pero que ansiabas.  La casa te recuerda. Han pasado tres años. Y tú a veces te mueves, con eco imperceptible, por entre sus rincones, como si aún existieras y no te hubieras ido. Pero ocurrió. La noche de un agosto clamoroso y cansino. La noche final de una existencia breve. Te fuiste y se apagó la luz de tantas flores como sembraste a mano, con la fe de quien sabe que florecer es ley de vida y razón del ser del campo.  Así que ahora las flores claman por tu presencia, te buscan y no hallan. Te demandan sin