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La sal entre los dedos


(Joaquín Sorolla y Bastida)

El sol había decidido tomarse el resto del tiempo libre. Comenzaba a batirse en retirada después de un día inclemente en el que los habitantes de la calle notaron sin duda alguna que el verano estaba allí. Las tres niñas merodeaban por una de las esquinas, sentadas y a veces de pie, en torno a la puerta de la casa de una de ellas. Llevaban pantalones cortos, camisetas de tirantes y una expresión de aburrimiento pintada en la cara. Los días de asueto podían convertirse en un suplicio si no se encontraba un pasatiempo adecuado. Este era el caso. 

Una niña, de camiseta rosa, tenía el pelo suelto, sujeto con un lazo de seda a un lado de la cara. Otra, de cabello muy corto, llevaba una blusa de rayas blancas y verdes. La tercera niña se desesperaba estirándose los rizos para convertirlos en una masa lisa y manejable usando horquillas y gomas elásticas. La hora de la siesta había concluido y ya tenían permiso para salir de casa y dedicarse a cualquier cosa que no fuera molestar. Por eso sus pasos se dirigieron espontáneamente al final de la calle, allí donde la carretera se bifurcaba en varios caminos. El que conducía a la estación del tren no les interesaba, demasiado obvio, demasiado visto. El central, que llevaba a la barriada de los militares, tampoco ofrecía mucha distracción. Conocían a algunas niñas y en ocasiones se movían por allí, pero no esta tarde. Así que la elección estuvo clara: a la derecha, al lugar en el que el mar se incrustaba en la tierra a través de los esteros y las blancas claridades de las salinas. 

Recorrieron el corto espacio que les separaba de los fuertes napoleónicos, a medio derruir, que estaban a una lado de la carretera. Los montículos blancos eran el telón de fondo de esas horas en la que el sol pintaba la sal de un color rosa claro mezclado con el aliento del crepúsculo. Las tres se sintieron libres de ataduras. Sus padres no las vigilaban. El calor se había remansado. Todo el universo se abría ante ellas como una promesa cierta que deseaban con intensidad. Sentadas allí, mirando el espacio plateado cubierto de un halo violeta, las tres niñas caminaron sin saberlo por el futuro. Qué les depararía la vida, pensaban. Qué hombros se extenderían ante ellas para recoger sus llantos. Qué besos llenarían sus labios de ese sabor agridulce del amor. Qué manos acariciarían sus cabellos tejidos de hebras brillantes y firmes. 

La tarde fue cayendo y las niñas hicieron, como tantas otras veces, el camino a la inversa. Volvían a casa. La noche era el anuncio del regreso. Quizá una parte de ellas quedó allí, entre las viejas piedras del pasado. Quizá allí permanece todavía. Aunque ellas no lo saben.

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