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Querida Jane


De entre todas las personas que conozco, ninguna hay que pueda entender esta carta como tú. Miro tu imagen en la cubierta del libro que cuenta tu biografía y observo tus ojos. Vivos, resplandecientes, ingeniosos. Observo el cuello erguido. Observo el rizo rebelde de la frente. El gorro de encaje al estilo de la época. La manga de farol y el escote discreto. La única imagen que de ti existe es una pista y todavía desconozco por qué Cassandra Austen, tu hermana, consintió en dejar para la posteridad tu retrato después de destruir la mayoría de tus cartas. 

Ahora, querida Jane, estamos en otro siglo. En el siglo que dicen digital. En el tiempo de las globalizaciones que todo lo convierte en plural. La singularidad es aquí una excepción. Ser excéntrico es, en estos momentos, sentir individualmente, querer ser lo que uno es sin seguir a otro modelo anterior. Nadie inventa nada, pero, en la era de Internet, casi todo ha sido dicho o escrito antes que tú. 

Si la amistad tiene dos condiciones, el conocimiento y la ayuda mutua, entonces somos amigas. Porque te conozco quizá mejor que a la gente que me rodea. Porque tus libros me han servido mucho más que otras palabras de esa gente. Soy alguien que ha crecido pensando en que tu mirada ha antecedido a la mía en el tiempo y ha roturado así un camino por el que transito con complacencia. Quiero seguir mirando como tú. 

Seguro que ya sabes que me gustan los mapas. Como a ti. Observo el mapa de los lugares de tu vida y quiero recorrerlos, quiero encontrar en ellos algo de tu esencia, algo de lo que luego has trasladado a esos libros que amo. Allí, en el centro, la rectoría de Steventon. Alrededor, las casas solariegas de la gentry que tan bien retrataste y cuyas hijas tenían que buscar un buen marido porque el mayorazgo en línea masculina impedía que heredasen. Hackwood Park, Farleigh House, Kempshott Park, Hurstbourne Park... El río Ledden y el Test que riegan con sus aguas las fértiles tierras del sur en que viviste. Todas las peculiaridades de Hampshire y luego los caminos. A Bath. A Winchester. A Southampton. A Porstmont y a tu casa postrera, a Chawton, trece millas, como si fuera el título de una canción de rock. 

Retengo en mi cabeza esas imágenes y en ellas superpongo las mías. Chiclana, San Fernando, Cádiz, Puerto Real, Conil, Utrera, Puebla del Río, Sevilla, Tomares y también, cómo no, Nimes, Arlès, Úzes, Avignon, Montpellier, Marseille...Y también Ronda, claro. Y La Carolina. Y ese hotel de Oviedo. Y Reus en Tarragona. Y Mallorca, Magaluf, cómo olvidarlo. Amada geografía. Caminos que se cruzan. Los sitios son momentos, nombres, palabras que escribiste, sentimientos. Casi todo se expresa en un lugar. Los lugares son símbolos, no solamente un punto en la cartografía. 

Querida Jane, te escribo para decirte solo que si no fuera, si no fuera porque encuentro en tus libros las respuestas a preguntas que nunca sería capaz de hacer, si no fuera porque cuando te leo me sumerjo en un mundo que persigo, si no fuera porque escribiste cosas que luego yo he pensado, si no fuera porque están tus palabras y son tan asequibles que las busco y las hallo, si no fuera por eso, las horas pasarían con tono interminable y yo sería tan otra que no me encontraría. Y mis sueños tendrían el halo de tristeza de los sueños de otros. Y nunca hubiera ansiado la palabra y su forma como la siento ahora. 

Las damas y caballeros de Kent a quienes te arriesgaste a inquietar con tu inteligencia ya no existen. Pero sigue la inquietud, créeme. Y no es fácil. ¿Qué otra cosa podría yo hacer que ponderar aquello que aprendí de alguien para quien el amor no era obligación, ni rito, sino esplendor y complicidad en torno a un sentimiento compartido? 

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