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La playa


Mírame. Ha caído la noche. Antes, sin hacer ruido, el sol se ha marchado por el horizonte y, en su lugar, la luna en cuarto creciente aparece suspendida sobre la oscuridad de un cielo sin estrellas. Todas las estrellas han ocultado su brillo para que ella, la luna, sea el centro del universo.

Mírame. La playa está desierta. La tibieza de la arena, blanca y tan fina que se desliza imperceptible entre los dedos, ha acogido mis pies desnudos. Se balancean en un movimiento que tiene el aire perenne de una contradanza. Parece que quieren adentrarse en el viejo secreto de una tierra llena de contradicciones.

Mírame. Ahora mis ojos tiemblan. Se abaten las pestañas y vuelven la mirada hacia dentro buscando las razones. Se encoge el corazón al entender, sin tiempo para dudas, que hay cosas que, una vez perdidas, no tienen ida y vuelta. Se perecen.

Óyeme. Te he dicho tantas cosas. He susurrado tu nombre en silencio. Te he guardado en el cofre de los sueños. Hay una ofrenda que no puedo entregarte. Una búsqueda que no tiene sentido. Un tiempo que convierte las voces en ausencias.

Óyeme. Ahora te canto. Viejas canciones de otros tiempos. Sueños de amor correspondido. Esperanzas en blancos pentagramas. Corcheas de deseos satisfechos. Redondas luces en alma convertidas. Claves de sol.

Ámame. Mi cuerpo se ha dormido. Solamente la tierra que acaricia mis pies me devuelve el secreto de los ojos ardientes. Solamente la tierra, en mudo testimonio de presencias. Y tú. Tú solamente.

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