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La mentira


Me has descubierto. Ha sido un fallo tonto. Una cosa absurda. Cómo he podido ser tan descuidada…Cómo tan ilusa…Me has descubierto y se ha hundido el precario castillo de naipes que habíamos levantado para no desandar todo el camino. Me has descubierto y siento que soy la miserable mujer que te engaña, durante doce años nada menos. La mitad de nuestra vida juntos. 

Ahora sé que es inútil explicarme. No me escuchas. No quieres saber de mí nada más que la hora en que, acabado de hacer el equipaje, voy a subir a un tren que me llevará lejos. Ni siquiera me miras. Te doy asco. Piensas en cuántas noches te mentí. En cuántas noches me inventé una excusa y en cuántas tardes estuve con él, con el otro, en cualquier sitio, en su casa, en el coche, perdida por ahí en un despeñadero de emociones. No quieres saber datos, pero tu cabeza no deja de dar vueltas y tu corazón sufre. Lo noto. No me miras. Me odias. Me desprecias. 

Podría contarte si pudieras oírme, si me escucharas al menos una vez, que todo sucedió sin yo quererlo. Que no he sido consciente, en un principio, de que aquello era algo, que no era una aventura, que era la vida misma, la que entraba en mi casa y en mi cuerpo. Todos mis sentidos se activaron entonces, créeme, y yo me convertí en otra persona. Había dos mujeres en mí. La esposa, madre y buena ama de casa que mantenía la sonrisa fija y la otra, la que buscaba excusas para ser de otro modo, la que compraba ropa interior de seda, la que llegaba exhausta de otros brazos, la que sentía que me moría al perderlo. 

No es una excusa. O sí. No sé siquiera cómo pudo ocurrirme. He sido tan escasa de aventura. He estado tan oculta a los ojos de todo. Pero estaba escrito que tenía que perderme. Que tenía que ser otra o que lo era. Que yo no lo sabía pero que, al fin y al cabo, sin este paraíso de emociones no sería sino alguien que murió antes de tiempo. 

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