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Hogar mío



Te has levantado temprano y algo cansada. La noche anterior ha sido difícil. Las despedidas siempre lo son. Un beso leve, solamente eso, suficiente para que desees más y para que obtengas menos. No hay esperanza, piensas. No hay nada. 

El tren ha salido a tiempo y tú te has acomodado en él, en una esquina junto a la ventana. Te gusta ver pasar el paisaje como si corriera detrás de ti, como si te estuviera persiguiendo. Al fin, tú misma te sientes perseguida, como si no pudieras escapar de ti misma, de lo que sientes, de lo que ansías. 

No hay remedio. No hay nada. Repites esta frase una y otra vez, la repites para ti misma, no quieres olvidarla. Las cosas son como son y tú eres una persona práctica, directa, que no quiere sufrir por tonterías. Pero, a veces, el dolor te traspasa, tú lo sabes, y llega en oleadas, como cuando te tuerces un tobillo y el pie se te va hinchando y, al tiempo que se hincha, recibes el dolor en todo el cuerpo y no puedes moverte sin gritar.

Lo has perdido. Y ni siquiera sabes cómo. No hay motivos. O sí. El motivo es únicamente la excusa, la forma de librarte de él sin volverte una persona áspera y sin deseos que cumplir. El motivo es la nada. Esa nada de la que has querido escapar sin conseguirlo. No había nada. La nada se aposenta. La nada te confunde. Él no está. Y por eso tu hogar ya no tiene sentido, no hay hogar, no tienes nada. Nada. 

(Pintura: Edward Hopper)

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