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Ella está sola


Mira sin ver a través de los visillos de blanco tul, con un pequeño frunce que los hace más ligeros y flexibles. Es una amplia ventana. Un ventana blanca, como blanco es el alféizar y como blanca es la pared. Y blanca, limpiamente blanca, la suave tela que cubre el asiento en el que ella descansa. Estática, quieta, la mirada fija en un punto inexistente. No observa lo que ocurre, recuerda lo que siente. Mira hacia dentro. Hacia un punto de su corazón que ahora mismo sangra. Una punzante herida que se ha abierto cuando menos lo esperaba. Una herida que se infringe sin querer, quizá, pero con saña. Su corazón sangra y sus manos sostienen, indiferentes, una taza de café que nadie beberá. Lo espera. Lleva esperando muchas horas, años quizá. Lo espera, pero sabe que nunca llegará. Que una tela de araña, espesa y persistente, nublará su conciencia y lo alejará de este lugar del mundo en el que ella se sienta, paciente, a esperarlo. Cruza las piernas enfundadas en sus medias negras, sus pies con afilados tacones como si fuera a bailar un tango a su llegada. Su traje negro y el pelo bien sujeto, sin adornos ni movimiento, fijo, quieto y sin vida. Como ella. No es nada, no espera nada, ya no siente nada. Tuvo en sus manos una vez el mundo pero ahora solo lleva, con desgana, una taza de café que, quizá, está vacía. 

(Imagen de Vettriano) 

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Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

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