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El vestido


El vestido llevaba muchos días colgado en el armario. Perfectamente planchado y colocado en su sitio. Sin nada que estorbara sus volantes bajos estilo años 20. Sin que su color rosa maquillaje, suave, tierno, se viera afectado por el sol del estío que entraba por la ventana del dormitorio. Era un vestido dispuesto para ser feliz. Un vestido reidor. Un vestido que llevaba escrita la palabra "encuentro". La palabra "cita". La frase "quiero mirar tus ojos junto al río". Ella se enamoró del vestido nada más verlo. Y así lo tuvo presto para ese momento, del final del verano, allá por el mes de septiembre, en el que descubriría con él a un hombre lleno de dulzura, un hombre tierno, un hombre al fin y al cabo. 

Los días pasaron y las noches. Las palabras ardieron en pavesas. El final del verano dio paso al otoño. El río desdibujó su perfil y ya no tuvo esa firmeza etérea de los amaneceres ni tampoco la fuerza rotunda de las noches. El vestido se agostó antes de usarse. O estuvo a punto de ello. 

Porque una mañana, cuando entendió que nunca llegaría la hora junto al río, cuando supo sin que nadie la advirtiera que había soñado algo que no sería realidad, ella tomó el vestido entre sus manos, lavó su pelo rubio cuidadosamente, se recortó un gracioso flequillo que hacía tiempo no usaba, se pintó las uñas de un rosa pálido que hacía juego con la tela. Se vistió. El escote del vestido lucía bien con el resto del color del verano, las mangas eran ágiles y los volantes bajos se movían con gracia al andar en sus sandalias de nueve centímetros y medio, de su marca favorita. 

Salió de casa y el sol le dio en los ojos. Caminaba así, con el vestido rosa, sola salvo esa música que empezó a sonar en su cabeza. Una canción recién descubierta que ella quería olvidar. Una canción que nunca más cantaría, que nunca más oiría en el Youtube, pero que permanecía anclada en su cabeza, como una letanía, una jaculatoria que dijera algo ininteligible. La canción marchó con ella todo el camino, moviéndose al compás y, cuando llegó a su destino, se dejó de oír, quizá para siempre. Ojalá, pensó ella, ojalá nunca más recuerde esa canción. 

Así que limpió con discreción unas lágrimas que habían ido cayendo sobre el cuello. El vestido continuaba intacto, limpio, reidor, divertido, perfecto.

(Imagen de Jack Vettriano)

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