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El espejo



No supo como, sin apenas darse cuenta, el espejo le devolvió otra imagen. La última vez que se detuvo en el rellano de la escalera, frente a la gran luna que ocupaba casi una pared, observó el reflejo de una mujer joven, con los ojos sonrientes y una expresión satisfecha. Tenía bonitos hombros y un chal de seda por encima, que cubría un ligero vestido de verano. Toda en ella respiraba la alegría de saberse una mujer deseada, de entender que, a su paso, los hombres iban a girarse a mirarla. 

No supo nunca como, al cabo de unos años que transcurrieron sin conciencia de ello, el espejo le ofreció otra visión. Unos ojos cansados, una mirada turbia, una sonrisa áspera, unas manos doloridas, una figura llena de interrogantes. Se preguntaba a sí misma cómo había ocurrido esa transformación, por qué era otra persona sin haber terminado de gozar de la anterior. Qué extraño sortilegio había logrado el cambio, sin ella percatarse, sin ser consciente apenas de que había algo de lo que disfrutar. 

No supo como, inopinadamente, sin aviso, sin que nadie le dijera que eso iba a ocurrir, se convirtió en una mujer invisible, una mujer a la que nadie amaría nunca, a la que nadie observaría con interés, a la que nadie se acercaría con intención de besar, una mujer con la que nadie tendría esa cosa que llaman química y que convierte en deseados los abrazos. 

Así que ahí está, vagando sola, sin remedio, en una turbiedad indeseable, con el espejo desaparecido, roto, oculto, escondido, para que ninguna imagen suya pueda enviarla al pozo oculto de los sueños perdidos. 

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