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En el andén



El tren se alejó sin hacer apenas ruido. Era un tren de media distancia y se detuvo poco tiempo en el andén. Hacía frío y humedad. Me quedé sentada en una especie de banco de piedra, adosada a una pared absurda y hosca. Me arrebujé en la cazadora y crucé las piernas. Mi mirada seguía el camino del tren, no podía apartar los ojos de él. Y eso que el tren no me había traído a la persona que esperaba. No me había traído a nadie. Nadie se bajó del tren, en esos escasos minutos de parada, para abrazarme y decirme, soy yo, estoy aquí, he venido, al fin. Nadie. Los minutos fueron horas, porque se hicieron inmensamente largos, escudriñando las caras de los viajeros, pocos, que se detuvieron en esa ciudad pequeña y perdida en un extremo del mapa. Una ciudad sin mar, sin río, sin puentes, una ciudad tan sola como yo misma. Nadie se bajó del tren, nadie me miró con cara sonriente. Nadie echó un brazo por encima de mis hombros. Nadie me susurró nada al oído. Nadie, nada, las únicas palabras en las que pensaba una y otra vez, mientras esperaba allí, no sabía qué, no sabía a quién. Dudé de que existieras, dudé de que, alguna vez, uno de tus mensajes dijera, voy, iré, espérame. Dudé de la hora anunciada, del tren descrito, dudé de que existieras. Todo tenía que haber sido un error. Yo no te conocía, tú no eras nadie y yo no estaba allí, esperando, con las piernas cruzadas, la mirada perdida y frío, un frío helado y que se metía tan dentro que no era posible apartarlo con nada. No era invierno, pero el frío era inmenso. Nadie me sonreiría con mirada cómplice, nadie me llamaría corazón o cielo, nadie estaría a mi lado en un restaurante de moda, nadie me vería bajar las escaleras de mi piso vestida de rojo, por nadie llevaría zapatos de tacón, a nadie besaría apasionadamente, con nadie haría el amor como si fuera la última parada de los trenes del mundo. Nada, nadie, no había nadie. 

Pero entonces ¿a qué este dolor hondo instalado en mi pecho? Existes, lo sé. Aunque no hayas venido. 

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