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El aire de Velázquez

Parece ser que, un día como hoy, nació Diego Velázquez en la ciudad de Sevilla y en el año de gracia de 1599. Si Shakespeare es, para mí, el máximo valor de la literatura, no tengo duda alguna en que Velázquez lo es de la pintura. Y ello porque su obra nos enseña un camino que transitó con maestría y que abrió paso y anticipó lo que doscientos cincuenta años después ocurriría, esto es el arte moderno. 

La intuición velazqueña se une a su formación, en la que el maestro Pacheco tuvo arte y parte, así como  a  sus condiciones, a lo que llamamos talento y, desde luego, a su trabajo. No fue un pintor al uso, que repitiera temas o que se anclara en lo conocido. Antes al contrario, indagó y buscó soluciones a los problemas que él mismo creara. Y esto, en un funcionario de la Corte, no tiene un significado fútil.

La personalidad de Velázquez ha sido tratada siempre en función de su obra como suele ocurrir en España con sus hijos más preclaros, pero poca luz se arroja acerca de su peripecia vital, de su forma de entender la vida, salvo la que extraemos, con cuidado y precaución, de su propia tarea, del conjunto de su aportación artística, en este caso, a la pintura. Faltan biografías serias, estudios biográficos hechos con tino, que nos enseñen cómo un pintor formado en el taller barroco de Pacheco, llegado a Madrid para trabajar en la Corte, con lo que eso tiene de corsé, es capaz de desandar lo andado, incluso de anudar nuevos lazos y de crear, crear con mayúsculas. La huida de sí mismo, podríamos titular ese permanente impulso de cambio. 

Cada una de sus obras es un tratado de pintura. Con cada una de ellas culmina un género, un estilo, un modo, un "a la manera de...", como un Kubrick pictórico, podríamos decir. Contemporáneo de Cervantes y del genial poeta de Stratford, hay en Velázquez un aire de sueño inalcanzado pese a todo. Sus viajes a Italia, presurosos y llenos de expectativas, le terminaron de dar el tamiz necesario para desechar lo inocuo y abordar lo trascendente. La pintura con él se ennoblece en el sentido más puro. Prepara el camino posterior y lo inunda de posibilidades. 

De sus obras, he elegido "Las hilanderas" o "La fábula de Aracné" para representarlo en este post que habla de efemérides y de virtudes sin parangón. Diez mujeres, en distinto plano. El juego de la ocultación, la estratagema barroca de negar lo evidente. Pistas para llegar a la conclusión final o para entreverla. Y la luz. La luz que inunda el espacio y que danza a placer en medio de todos los cachivaches y los seres humanos. La luz que se queda y no se marcha, que no es evanescente, sino firme. La luz velazqueña como un reclamo cierto. La luz que años después recogerá Monet en el "plein air". La luz, sí, la luz.

"Las hilanderas" es una conversación a tres bandas: el tiempo clásico, representado por la fábula; el tiempo barroco con la escena de las mujeres en la fábrica de tapices y el tiempo por venir, el tiempo moderno, por su técnica, su factura, su pincelada suelta, su desdibuje y, sobre todo, su luz. Ay, la luz, otra vez, esa imperceptible esencia.

El cuadro, amén de perfección formal, de bullicio del aire entre las mujeres, de escorzos, de posturas, de telas, de rostros inacabados, tiene oculta o evidente, según se mire, la vindicación del propio artista. Soy un artista, no un artesano. Ahí lo tenéis. 

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