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William y Miguel

Con más o menos exactitud se sabe que el día 23 de Abril de 1616 murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Que los dos genios más relucientes e indiscutibles de la historia de las letras murieran el mismo día o en fechas próximas solamente es una casualidad, un guiño de la vida, pero nos sirve para enhebrar un argumento que nos conduzca a su lectura, a su recuerdo y, sobre todo, al encuentro feliz con el libro, sea en el formato que sea.

Ambos, William y Miguel, ofrecen, además de ese paralelismo indiscutible, otra diferencias sustanciales y sabrosas, que no es momento de ponderar aquí, en este pequeño homenaje a ellos y a quienes, como ellos, poseedores del arte de narrar, ofrecen su arte en forma de textos, de libros, de escritos, de historias, de poemas, a todos los que disfrutan y degustan ese placer de lo escrito. Tras la escritura, la vida del hombre cambió y nunca sería la misma. El sedentarismo trajo un nuevo concepto de la existencia y de la escritura, además de la posibilidad de que esa existencia fuera expresada en palabras que perpetuaran los hechos, los pensamientos y las ideas de los hombres. "El Quijote", como obra cenital de la narrativa, y el teatro de Shakespeare, piedra angular de la literatura dramática, son, quizá, los referentes máximos de la conversión de la narración escrita en obra de arte. 

Siguiendo la gloriosa tradición hispana de no dar importancia a lo nuestro, la figura de Cervantes ha sido escasamente glosada. No se han hecho películas sobre su vida y su obra ha sido llevada a otros formatos muy irregularmente. Todo lo contrario de lo ocurrido con su colega Shakespeare.

La Conferencia General de la UNESCO decidió, a partir de 1926, que se celebrara en esa fecha mágica del 23 de Abril, el Día del Libro. De todos los días y efemérides, seguramente el que cuenta con mayor cumplida razón y deseo de pervivencia. La costumbre catalana de regalar un libro y una rosa en el día de San Jordi, San Jorge, no es cosa propia de esta comunidad, ahora extendida a toda España, sino de otros muchos países de Europa, en los que el santo es patrón. La primavera y los meses de Abril y Mayo son también los que traen a las ciudades el maravilloso encuentro que supone la Feria del Libro en la que los autores se ponen directamente en contacto con sus lectores. Para el lector de un libro, ese encuentro es algo sagrado, algo importante, y el rito de la firma de libros, un acto lleno de encanto.

Miguel de Cervantes ha pasado a la historia con un solo libro. Aunque escribió otras cosas es evidente el peso de El Quijote, su trascendencia, su evidente papel cenital en la historia de la literatura mundial. En el caso de Shakespeare nos resultaría difícil elegir una sola de las obras de teatro que llevó a la pluma y a la escena, en esa doble faceta de actor y de escritor. Cervantes, escritor y soldado, funcionario real, preso y dueño de una fabulosa imaginación que le ayudó a salvar los momentos difíciles de su vida, que fueron muchos. Herido de guerra, desengañado, ayuno de amistades y de suerte, ha pasado a la gran historia con los mayores honores y solamente por eso deberíamos pensar en lo efímera y engañosa que es la fama del momento, comparada con la posteridad. Shakespeare en el Globe Theatre, estrenando comedias y dramas, saltando de un problema a otro, huyendo de una vida matrimonial que le impedía desarrollar su vida a modo. Ambos personajes, en el mismo espacio temporal, pero, tan distintos en la biografía.

Visitar las librerías en el Día del Libro es un acto tan agradable como buscar un libro para alguien o recibirlo. Y leer a estos dos escritores no solamente es entrar en el mundo de la mejor literatura, sino adentrarnos en nosotros mismos. Si pudiera hacer memoria de todos esos libros, recibidos desde la amistad, el amor, la camaradería, la familia, en estas conmemoraciones, haría una larga galería sentimental de afectos y emociones. Esos libros, esos autores, esos momentos. Y, en muchos de ellos, William (su "Romeo y Julieta" me lo regaló mi madre con doce años) o Miguel, aparecen reflejados en ese cristal transparente, en ese espejo opaco, en ese río de agua cristalina, que es la fuente literaria en la que bebo todavía. 


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