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Fitzgerald, Penélope

La Editorial Impedimenta ha hecho un rastreo sobre la obra de Penélope Fitzgerald y ha publicado, al menos, tres de sus libros. Los tengo aquí al lado mientras escribo. Si hay alguno más en estos momentos no los recuerdo. Las ediciones de Impedimenta son preciosas. Traen una sobrecubierta en color negro enmarcando la portada, blanca y con la repetición del motivo en la pasta propiamente dicha. Son bonitos, bonitos, libros para leer y guardar. Por eso prefiero el papel al ebook, no hay color en lo que se refiere a la estética. 

Penélope Fitzgerald nació en 1916, hija de un editor y se formó en los colegios más caros de Oxford. Hablamos de una élite cultural que poco tenía que ver con la generalidad de la vida de las mujeres de su generación, ni siquiera de las que tenían posibilidades económicas. Seguramente todo ello contribuyó a que tuviera un punto de vista tan especial acerca de las cosas, algo que se traslada a su escritura de forma indudable. Se trataba de una familia en la que los libros, el saber, las artes, la cultura, tenían un papel primordial. Ella fue una escritora tardía, pues publicó su primer libro a los cincuenta y ocho años. Lo que indudablemente no significa que no escribiera desde mucho tiempo antes, pero, además de eso, se había casado y tenido tres hijos. 

Curiosamente, su primer libro publicado fue la biografía de un pintor, Edward Burne Jones. Después de eso publicó varias novelas, la más destacada de ellas una de las que están encima de mi mesa, de título La librería, que se publicó en 1978. Esta es una obra deliciosa. Su protagonista es Florence Green, habitante de un pueblo, Suffolk, que decide abrir una librería que será la primera de ese pueblo. Las fuerzas vivas reaccionarán implacablemente contra esta decisión, pues nadie entiende que haga falta en el pueblo un establecimiento así. La cosa se lía mucho más cuando decide poner a la venta nada menos que la edición que Olympia Press hizo de la Lolita de Nabokov. El conflicto llega entonces a su máxima expresión. 

A finales de los años ochenta del siglo XX, Penélope decide escribir con menos tintes autobiográficos y publica varias novelas ambientadas en el pasado. De ellas, Impedimenta ha publicado dos, que están en mi mesa ahora. Inocencia, se publicó en 1986. El lenguaje seductor, inteligente e irónico, preside toda la novela. En ella aparece como protagonista la joven Chiara Ridolfi que deja el colegio inglés en el que se ha educado para volver a Florencia, con su padre y su tía. El amor que siente al conocerlo por el doctor Rossi inicia un camino de difícil retorno en el que todo parece estar en contra de que esta pasión cristalice. 

En 1988 se publicó El inicio de la primavera. El telón de fondo es Moscú en los años previos a la revolución bolchevique. Los acontecimientos se van conociendo a través de la figura del protagonista, un impresor inglés afincado en esa ciudad, Frank Reid, cuya vida personal y familiar sufre un cataclismo que le obligará a recomponerse de todas las formas posibles. La sutileza, la potencia narrativa de la autora están presentes en este libro, como en el resto de su obra. 

Hay un rasgo que define todos estos libros, que sirve como hilo conductor, quizá como perspectiva, como punto de vista. Un rasgo que me es muy querido, que entiendo, que comparto. Es el humor, es una manera de mostrar las realidades sin el tapiz del dramatismo sino cubriéndolo todo de una fina pátina de ironía, tierna y suave, que hace más llevaderas las desgracias. Es ese punto de vista el que me encanta de esta autora. Su penetrante mirada, personal, nada convencional, su mirada diferente y única. 

Como siempre digo, está bien leer los best sellers que recomiendan las grandes editoriales o los premios concedidos sabe Dios cómo o esas novelas pseudohistóricas que hacen ahora furor. Está bien leer cualquier cosa que a uno le guste. Pero, en mi opinión, estos libros pequeños, estas editoriales pequeñas, ponen a nuestro alcance joyas irrepetibles. 

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