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Retrato de niña con mapa al fondo


A los seis años me llevaron al colegio. Aquel colegio estaba en una casa antigua. Tenía un patio al que se abrían todas las puertas y una entrada con azulejos sevillanos y un suelo muy fresco de mármol gris. Estaba en una calle muy alegre, en la confluencia de otras varias que forman desde entonces el triángulo sentimental de toda mi infancia. Las calles tenían naranjos y unas enormes casas con portalones y casapuertas, casas de grandes ventanas y de azoteas. Desde las azoteas, las gentes de aquellas calles podían ver el paso de las procesiones de la iglesia cercana, la Oración en el Huerto o la Misericordia. Era un barrio muy alegre, luminoso, cuya fisonomía puedo reproducir en mi cabeza de forma exacta, como si los años no hubieran pasado. En esa reproducción, en ese cuadro que puedo dibujar en la memoria, están también los olores, olores al azahar que desprendían los naranjos y olores a goma de borrar o a tinta, el olor peculiar de las escuelas. Era un barrio donde se mezclaban dos sones, el flamenco y el carnaval. En una de sus esquinas estaba el Castillo, el sitio donde había peleas clandestinas de gallos, en un recinto oscuro y opresivo que visité una vez. También estaba cerca la peña flamenca, guichis de dudosa reputación y tiendas de ultramarinos. Algunas casas eran muy bonitas. Tenían espadañas y remates en la azotea, puertas de madera oscura y llamadores de latón, que tenían forma de mano. También había casas humildes, casitas bajas con una sola ventana al exterior y un patio central al que daban las habitaciones. Y patios de vecinos, manchones y huertas. Todas las calles formaban parte de la feligresía de la Pastora, cuya iglesia sigue conservándose en buen estado, junto a una plaza muy cuidada. 




            El tiempo del colegio fue maravilloso. No quise faltar ningún día, todas las mañanas acudía temprano, muy temprano, antes de que abriera, y esperaba sentada en el escalón de la puerta. En el colegio era muy feliz porque se aprendía mucho y las cosas eran divertidas, entretenidas y curiosas. Las dos hermanas enormes que se agarraban con fuerza a la mesa porque no querían ir al despacho del director cuando las castigaban; la habitación que estaba junto a la clase, en la que ensayábamos los teatros y hacíamos juegos; la enorme pizarra lateral que aparecía todos los días sembrada de signos: Muestra, Copia y Abecedario. Debajo, las fatídicas Cuentas y los Problemas. También estaba por allí el “cuartito” y la clase de los más chicos, adonde fui una vez a cantarles “Estaba el señor Don Gato”.

             En el colegio yo nunca estuve sola. Tenía sitio en la clase, en el patio y también en el camino a casa, un camino largo y lleno de calles especiales, de casas bajas, de suelos llenos de piedras y de recodos. Podía uno seguir la ruta de la calle Mariana Pineda, larga y directa, que daba a la Plazoleta de las Vacas, donde estaba el Palenque, con un fuerte olor a pescado a veces y, desde allí, enfilar la calle Carraca, muy larga y sinuosa, con tres zonas claramente definidas. En la última de ellas, la más cercana a la carretera de la Bazán, allí estaba mi casa.



            Ir a ese colegio fue una gran suerte. La maestra era la mejor maestra del mundo. Se llamaba María Ángeles, aunque para todas nosotras era "la señorita". Su voz era música  y su sonrisa una recompensa en el trabajo. Nuestras madres decían que en ese colegio se aprendían muchas cosas y, cuando desapareció, todo el mundo lo echaba de menos. Tuve una gran suerte: ir a ese colegio y tener a esa maestra como profesora durante los años de la primaria. No todo el mundo puede decir lo mismo. Por eso, ese tiempo y esas horas de colegio son lo mejor de todo. El mayor paraíso.

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