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Una casa en medio del viento

La casa de tu infancia era bonita, grande, soleada. Tenía dos balcones a la calle, lo que era todo un lujo, sol, aire, luz a raudales. Cuando tanta gente vivía en accesorias tú tenías una casa en el mejor sitio del pueblo, enfrente de un banco y de un colegio, junto a una farmacia y un horno de pan, del suave, esponjoso, especial pan que hacen allí. En la casa había un pozo, muchas escaleras, techos altos de madera y, sobre todo, unas azoteas enormes, que se comunicaban entre sí. Era una casa preciosa, con teléfono, visillos de encaje, bonitos muebles y maceteros con flores. Era una casa hecha para ser feliz. Pero, ahora lo recuerdo, en ella sobrevino el drama muy pronto. Tu padre murió cuando tú solamente tenías quince años, quince años nada más. Oh, cómo te entiendo ahora...esa pérdida, tu padre, del que siempre hablabas, ese sentimiento de que algo te faltaba, de que estabas incompleta. Tu padre, de quién tú y todas tus hermanas hablábais continuamente, comentando sus ideas, su valor, cómo nadó contracorriente en los malos tiempos y también su cárcel por motivos políticos, su muerte, el desamparo, la orfandad, la lucha por sobrevivir de tu madre...

Tu segunda casa fue una casa de recién casada, en otra ciudad, cercana pero distinta. Dejaste todo atrás por amor y llegaste a un mundo diferente sin que, quizá, estuvieras preparada para ello. De nuevo la soledad. De nuevo sentir ese desasosiego de la inseguridad, de la timidez, el miedo a lo desconocido, a estar únicamente tú en un lugar que no te había visto crecer, cerca de una gente que no era la tuya, que no te conocía. Otro modo de vida. Esta fue un casa temporal, efímera, que en el balance de tu vida pesa poco, significa poco salvo la certeza de dejar atrás tu propia historia.

En la tercera casa construiste la nueva vida, la de los hijos, la de las vecinas, la vida que dejaba atrás otros lazos, aunque sólo por un tiempo, porque esos lazos son tan profundos que aparecen y se quedan cuando nada más existe. Esta casa era sencilla, humilde, oscura a veces, pobre, inacabada...Alguien le quitó su jardín, sus arriates, su patio. Tenía un portón que nunca se cerraba, una pequeña casapuerta al aire libre (el recuerdo único del patio que perdió) y una extraña cocina que no se parecía a las de Doris Day. Allí viviste penas y alegrías, tal vez soledades, de nuevo la soledad, esa palabra tan pegada a ti. Allí se escribieron nombres especiales en tu vida, el de esa gente que, no siendo familia, llegó a enhebrar tantas vivencias que ya nunca puede entenderse la vida de otra forma.

Luego llegó la cuarta casa. La obligada, la nueva, el desarraigo, lo que no toca el corazón, la lejanía, el vacío, esa casa no es nuestra, no quiero estar aquí, ya no la reconozco, aquí no...Ilusión al principio, luego pérdida, sufrimientos que dejan huella, el mar, el viento, el frío, esta casa es muy fría, esta casa me duele...en una habitación allí, dos velas, las flores, el llanto, los adioses. Después, silencio, ya no oigo, ya no quiero saber, soledad otra vez, ya no hay nada.

Y ahora, ya sabes. Una casa en el viento, camino de la playa, hacia el levante. Una casa que es la casa de tantos. Que alberga tantas cosas y tan pocos recuerdos. Una casa que tú no has elegido, que no tiene tus libros, ni tus fotos, ni tu mesa camilla...Una casa en la que ya no tiendes, no cocinas, no levantas las sábanas. Una casa que pisas sobre ruedas, que no es tuya, que nunca será tuya, llena de batas blancas y ascensores...

Pero no estás allí. Vuela tu corazón algunas veces, tu corazón cansado, tu soledad perenne, vuelas hacia tu casa, hacia tu pueblo, hacia tu madre, vuelas...


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