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Los niños del último banco


Los niños del último banco

Quién encierra una sonrisa

Quién amuralla una voz…

 (M.H.)

 Hubo una vez un poeta que escribió: “Cuando yo era niño, era invisible. Era uno de esos niños en los que nadie repara, a los que nadie escucha ni oye, uno de esos niños que nunca tienen sobresaliente, ni diplomas, ni premios escolares. Era uno de esos niños del último banco que molestan porque no existen”.

El poeta escribió esto porque era diferente a otros niños, lo mismo que fue diferente cuando se hizo adulto. A veces la diferencia constituye una muralla insalvable entre las personas. El poeta, de niño, como todos los niños, detectaba con claridad que no tenía sitio en el conjunto del aula, que no tenía amigos y que no hallaba lugar donde expresarse. Por eso, cuando creció, decidió escribir versos y publicar libros, aunque esto es algo que no todos los niños invisibles pueden lograr.

 Resulta que, en las escuelas y en los institutos, tenemos niños de esos. Pasan de curso en curso, de aula en aula y nadie les ha dado una palmada en la espalda. Ningún maestro o profesor les ha dicho: “Muy bien, ese es un dibujo muy bonito”, o “Eso que has escrito es interesante”. Los maestros y los profesores no saben qué hacer, a veces, con ellos y, mientras tanto, pasan los días y las semanas, pasan las horas, y los niños miran por la ventana de las aulas, miran al patio o a los jardines porque no entienden nada de lo que pasa en la clase. En algunos colegios ni siquiera hay jardines a los que mirar o los que hay no tienen hermosos árboles, ni setos, ni rosales. Estos niños no conocen a Cervantes, ni entienden la raíz cuadrada, ni saben nada de la tabla periódica ni de los volcanes.

 Es muy difícil para los niños ser invisibles, no tener papel ni sitio que ocupar, ser únicamente un nombre y dos apellidos, a veces dos apellidos o uno sólo. Todo el mundo necesita ser algo, hacer algo bien, tener un momento al día, algunos momentos a lo largo de los días, en los que ser partícipe de alguna cosa, protagonista de alguna historia. Pero esto es, para algunas personas, francamente difícil.

No queremos que haya niños invisibles en las aulas. No queremos que, en las escuelas, haya niños que pasen por ellas sin notar el vértigo de aprender. No queremos que, en los institutos, los niños oigan clases de chino un día tras otro. Porque todos los niños son nuestros niños. Porque todos los niños tienen derecho a conocer y a tener un buen maestro.

Por eso creemos que, entre todos, tenemos que hacer el trabajo complicado de procurar que la atención a cada niño, con sus peculiaridades y características propias, sea posible. No siempre se disponen de los recursos adecuados y en muchas ocasiones la voluntad del profesorado se encuentra con grandes dificultades. Pero el empeño debe ser mayor que la dificultad porque esos niños, todos los niños, necesitan que el conocimiento, la cultura, el saber y todo lo que estos conceptos llevan consigo, forme parte de sus vidas.
 ¿Qué tal si nos ponemos de acuerdo para intentarlo?

 (En el Día de la Discapacidad, 3 de diciembre de 2007)

Catalina León
(textos recuperados) 

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