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Mafalda, Quino y las horas más dulces


Estoy viendo que tienes pocos años. Estás en el jardín de aquella casa. Una ventana entreabierta muestra el cuarto de juegos de los niños. Todos están hablando, hay una algarabía que parece un rumor sordo sobre el que descansar los ojos y las manos. La rutina discurre plácidamente. Es verano y el calor se ha asentado en la hora posterior a la siesta. En el jardín, en una jaula pintada de rosa, con columpios y bebederos de metal dorado, está Carlitos, tan acostumbrado al ruido de los niños que ni se inmuta, ni se molesta, sabe que es el sonido de la vida cotidiana en la casa.

Estás leyendo un libro. O mejor, una tira, un cómic, un libro con imágenes. En las imágenes hay otros niños y sus nombres y sus figuras ya te son familiares: Está Manolito, que tiene tanto trabajo para entender las cosas; Felipe, tannnn romántico; Susana, que quiere ser mamá a toda costa y cuanto antes; Libertad, que murmura discursos de mayores con palabras tan fuertes (democracia, derecho, revolución); Guille, que aún es pequeño y que le dará nombre, en el futuro, al hijo de uno de aquellos niños; está la maestra, que se sorprende; la madre, que se extraña; el padre, que transije. Está ella, Mafalda, a quien no le gusta la sopa, que hace comentarios inconvenientes, que tiene ideas tan raras, que usa un vocabulario de allá, de la otra parte del mundo.

Los libros de Mafalda circulan entre los niños y todos, al leerlos, comentan las cosas entre risas y lo hablan con los padres. Hay un póster de Mafalda en una habitación y todos quisieran verla y recorrer el mundo. Y suenan músicas que tienen que ver con un tiempo futuro que será mejor, cuando todos sean más felices, mayores pero libres. Mafalda anuncia el tiempo de la libertad, escribe el nombre de la libertad por todos los lugares, incluso traspasa el aire del levante que, a veces, llega sin avisar a la ciudad y entra por la azotea, cruzando las salinas y envolviendo los esteros en una luz de plata.

La casa de los niños está llena de libros y los libros tienen muchos nombres propios. Mafalda es uno de ellos y por eso ahora lo cuento.

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